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Volveré – Pérez Hernández

   

Vivo rodeado de personas capaces que resumen la Historia de la Iglesia en unas cuantas sentencias dignas de ser enmarcadas: un invento de curas destinado a perpetuar sus privilegios, todo bajo la excusa de un encargo divino y el paraguas del servicio a los más necesitados. Por ejemplo.

Y conozco a muchos que, más osados, gozan de la capacidad de despachar el hecho religioso con tres genialidades oídas en alguna parte, aunque no recuerdan ahora mismo dónde. Que si le fe es el opio del pueblo; que si surge en un estado primitivo de la evolución, cuando el miedo a la indomable naturaleza hacía nacer a los dioses como si fueran setas; y aquella otra de que es una elaboración mental encaminada a desvanecer el miedo a la muerte y al olvido eternos… Pues eso. Lo bueno es que con el paso del tiempo uno aprende a leer entre líneas y a descifrar lo que de verdad se quiere decir más allá de las palabras que se dicen. Es entonces cuando, al menos en mí, aflora el amargo regusto de estar ante los viejos argumentos mil veces rebatidos y, no obstante, sentir -casi tocar- el dolor siempre nuevo de quien lucha por entenderse a sí mismo y dar sentido a su vida.

Resulta curioso, pero tengo muy visto que cuando la Iglesia anuncia que esos temas los considera resueltos, que no somos tristes aventuras físico-químicas, que hay un Dios acogedor que no espera otra cosa que regalar misericordia, que la vida es una excusa que ese Dios ha inventado para dejarse encontrar… cuando grita todas esas verdades, digo, a menudo enciende el malestar y no pocas veces el espíritu guerrero de quien no encuentra razones para seguir esperando. Es muy curioso que quien se reconoce pacificado abra una llaga en quien se considera turbado. Por anunciar a Jesucristo, la Iglesia ha vivido y sigue viviendo situaciones verdaderamente dramáticas. Y los cristianos, cada uno en su medida, no pocas veces experimentamos la orfandad por no pertenecer a ninguna orilla, porque no hemos nacido para encallar, sino para navegar allí donde muy a menudo hace frío. Y aquí estamos. Remando. Vivos a pesar de todo. Y todo es así por una sola razón. Un día, el nos dijo: “Volveré”. Y así ha sido. Ha seguido volviendo cada jornada y cada mañana; ha vuelto cada hora y ha habitado cada minuto. “No os dejaré huérfanos”, nos dijo. Y así ha sido. Ése es el secreto de la Iglesia, santa y pecadora. La nueva Jerusalén y la Gran Prostituta. El secreto es que no hay secretos, sino una presencia íntima que la sostiene. Cada cristiano es irrepetible porque Dios se deja encontrar y pone su tienda en él. Porque Dios vuelve, tal como prometió. Y así no habrá nunca sentencia suficientemente dañina, ni argucia lo suficientemente mezquina como para acabar con aquello que se alimenta de la presencia de Dios. Cesarán los privilegios, cambiarán las formas y las formulaciones. Pero él seguirá volviendo y dando vida a los que le buscan. Por eso siempre habrá Iglesia.

@karmelojph