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La voz de los extraños – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Yo soy la puerta”, explica Jesús a sus discípulos. Y se adelanta así a uno de los peores obstáculos de la Iglesia: la presencia de personas, grupos, sensibilidades… que se consideran a sí mismos la puerta de la fe.

“Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos”, insiste el Señor. Que es lo mismo que decir que desde siempre ha habido y que siempre habrá quienes pretendan usurpar el lugar de Dios en la vida de los demás. Y lo que es peor: que nos acecha la tentación de permitir que otros fabriquen sus propios criterios de entrada a la comunidad y los empotren en la puerta de la Iglesia de Cristo, obligando a pasar por ellos a quienes buscan con sinceridad el rostro de Dios.

Un drama. “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir. Y encontrará pastos”, dice Jesús. El horizonte de los creyentes es la libertad. No, más aún: la gloriosa libertad de los hijos de Dios, que dirá el apóstol. En cambio, los falsos empotradores de puertas, esos de voces extrañas, han conseguido más de una vez imponer su ley del silencio y del terror de las conciencias.

La Iglesia, este espacio de libertad, hospital de campaña para los heridos en la batalla del día a día; la Iglesia, digo, padece en sus carnes el aguijón del primer día, aquel en el que el primer hombre y la primera mujer quisieron enmendar a Dios y decidir en su nombre qué era lo bueno y qué lo dañino. Adanes y Evas siguen ensuciando el proyecto de Jesús en nuestros días, con su cortedad de miras, una miopía que impide a muchos sentirse a gusto al calor de la misericordia.

A este domingo lo llaman del buen pastor. Hoy la liturgia festeja que en la aventura de ternuras y descubrimientos inventada por Dios cabemos todos. En sus planes estamos todos. “La promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos”.

No importa que estén lejos. Es más, se acabó aquello de lejos y cerca, porque el criterio no es ya la ley escrita, sino la pasión con la que el corazón anhela vivir en la verdad. De lo demás se ocupa Dios y nos ocupamos los hombres, a quienes Dios ha hecho el encargo de poner nombre a la alegría que todos añoran. ¡Que tiene nombre propio. Que se llama Jesús, y es una persona!, se nos ha encargado gritar.

Sin embargo, la voz de los extraños, esos que han escondido la misericordia, hace temblar a muchos que miran hacia la Iglesia y apenas aciertan a ver un inmenso “no” escrito con letras de oro.
No a todo. Sobre todo, no a vivir, a respirar hondo, les han dicho los extraños. Por fortuna, la voz del buen pastor, del único pastor, se cuela entre los ronquidos de los empotradores de falsas puertas. Dios se hace hueco e invita al banquete de la vida y de la felicidad a todos, especialmente a los de lejos.
Dios es Dios: la única voz con autoridad para decir cuál es la puerta. Así, sí.

@karmelojph