X
la última >

Adiós – Por Jorge Bethencourt

   

Empezamos mal. No fue el típico flechazo de pasiones desbordadas. De hecho, de entrada me cayó como una patada en los mismísimos. Y era normal. Lo había elegido como sucesor en la Jefatura del Estado el propio Franco. El gallego había tardado cuarenta años en reponer la Monarquía. Mucho tiempo hasta para un tipo que era famoso por su parsimonia. Cuarenta años de paz y tal. Sobre todo de y tal. Y entonces el caudillo de la España azul elige al hijo del rey como sucesor del Movimiento.
Así que, para empezar, la vuelta de la monarquía a mi país me pareció una traición a la vieja y fracasada República y el éxito final de aquel exitoso golpe de estado de 1936. Pero el príncipe le dio un beso a Adolfo Suárez y en vez de convertirse en una rana se transformó en la disolución de las Cortes franquistas y en la constitución de un Parlamento democrático. Primera sorpresa.
España siempre ha sido así. Una jodida veleta. Una noche se acuesta monárquica y por la mañana es republicana. Un día es franquista y a la semana siguiente es demócrata de toda la vida.
Nos dieron una carta otorgada que fue la Constitución del 78. Un potaje de todas las verduras ideológicas que, sorprendentemente, funcionó. Poco a poco se fue desmontando el andamiaje de viejo régimen. Casi sin que se notara. Sin prisa, pero sin pausa.
El 23 de febrero de 1981 los nostálgicos dieron su canto del cisne con el fracasado golpe de Estado en el que hubo tantas luces y tantas sombras. Pero al final -por la paz de un padrenuestro- el señor de la corona se portó como tenía que portarse, tal vez porque vio por la televisión el ejemplo de un viejo general y un joven presidente. Como en este país vamos quemando por turnos a todos los dioses, poco a poco le fueron perdiendo el respeto. El timonel de la transición acabó en las portadas de las revistas de humor junto a los dibujos de un elefante. Sus últimos resbalones ya no contaron con la comprensión de la canallesca.
Dicen que no hay luz sin sombras. Y que tan grande son estas como intensa aquella. Muchas son las sombras de Juan Carlos I. Tantas como brillante su papel en nuestra historia reciente. Me revienta decirlo, pero creo que lo echaremos de menos.