X
después del paréntesis >

Aranceles impúdicos – Por Domingo-Luis Hernández

   

En el año 2008 al historiador y escritor británico afincado en Nueva York Tony Judt el destino le jugó una mala pasada: le diagnosticaron una esclerosis lateral amiotrófica, cosa que lo postró en la cama desde octubre de 2009 hasta agosto de 2010, en que murió. Semejante adversidad dejó fuera de circulación en este mundo a uno de los más sagaces conocedores de la historia actual de Europa, cuando apenas contaba con 62 años. Ilustre por, al menos, tres libros: Pasado Imperfecto: Intelectuales franceses, 1944-1956 (de 1992), una ácida y directa reflexión sobre la catadura moral y el compromiso de los intelectuales franceses de posguerra, ¿La gran ilusión?: un ensayo sobre Europa (de 1996), sobre las promesas de la Unión Europea, los problemas de la Unión Europea y la necesidad de la unión política, y, sobre todo, el admirado y premiado Posguerra: una historia de Europa hacia 1945 (de 2005). Eso es impar.

Mas lo que resulta aleccionador es que Judt no renunciara a expresarse aguerrida, consecuente y libremente en sus libros y en sus columnas, pese a disfrutar de lo que sirve de excusa para otros, sus clases en Cambridge, Oxford…, finalmente, en Nueva York o su prestigio intelectual. Un individuo al que no le tembló el pulso para dar sustancia a los intelectuales franceses de posguerra, después de haber estudiado en París a finales de los 60, y que no se privó de callar las maniobras de los nuevos gobiernos israelitas a pesar de haber trabajado (como judío) en pos del nuevo estado de Israel es un ser capacitado para semejante labor. Eso ocurrió: un elogiado investigador de la socialdemocracia interviene desde su lecho de muerte, consciente de que va a desaparecer de este mundo. Y construye su testamento político, uno de los ensayos más eminentes de las últimas décadas. En inglés se titula Ill Fares de Land, algo así como Tarifas enfermas de la tierra, que en español se tradujo muy libremente como Todo va mal. Registro supremo de Judt en su final. No solo quería dejar constancia de lo que fue y pensó sino mostrarle a sus dos hijos (a los que dedica el libro) cómo han de intervenir y fabricar el porvenir. Lo que da consistencia a este libro es la mirada sagaz y sin subterfugios sobre un hoy que acredita delirios. El principio de lectura es que los beneficios, el materialismo y el egoísmo son el centro del acontecer. Con ello una barbaridad insólita en supuestos individuos que pensamos: confundir el precio de las cosas con el valor de las cosas. Desde 1980 en Occidente, adoración por la riqueza, las privatizaciones, los mercados no regulados, desprecio del sector público y el crecimiento exponencial de la diferencia entre ricos y pobres. Eso nos lleva, según Judt, a la situación en la que nos encontramos: millones de parados y gente pasándolo muy mal. Nuestros adustos políticos le han dado razón al llamado “liberalismo” (que para ellos es así según y cómo). Los Rajoyes tienden alfombras a la Merkel y los Felipes González no tienen reparo alguno en llamar “chavista” a Pablo Iglesias. De lo cual se sustrae lo que depara esta historia: una confirmación denigrante: haber suprimido el Estado Ético por el Estado Económico.

Y de ahí llegamos al delirio: riqueza privada frente a miseria pública, corrupción, insoportable levedad de la política, el déficit democrático… ¿Futuro? Sí, confirma Judt (no puede ser de otro modo en su estado) con una certidumbre: recuperar la “palabra pública”. Ese es el único legado previsible para los hijos, la responsabilidad, la intervención, recuperar un Estado asentado en la moral. Luego, ante los políticos que nos sostienen hoy, que aducen legitimidad y que justifican sus siniestros manejos, fuerzas como Podemos u otras similares en Europa han de andar con los ojos muy abiertos; están al acecho, siempre han estado al acecho.