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Cajasiete – Por Leopoldo Fernández

   

A la chita callando, como si no dieran importancia al trabajo bien hecho, los dirigentes de Cajasiete, la sociedad cooperativa de crédito heredera de la antigua Caja Rural de Tenerife, han logrado lo que parecía imposible: convertir a la entidad en el único banco de capital netamente canario. Quién lo hubiera dicho hace unos años, cuando la Caja era mero referente del sector agrario y apenas despegaba en los ambientes urbanos de las Islas. Pero una buena gestión, un servicio impecable, una clara identificación con la clientela y una cercanía al público con un prudente programa de crecimiento y expansión -que tiene más mérito si, como ha ocurrido, se pone en marcha en tiempos de crisis-, lograron el milagro. Las fusiones por absorción y los obligados programas de saneamiento en la banca pública acabaron con CajaCanarias y con la Caja Insular, que parecían gigantes al lado de una humilde empresa de origen campesino, hoy independiente y de una solvencia más que contrastada. No sé si el Gobierno, tan caprichoso en algunas de sus decisiones, insistirá en la reordenación del sector del crédito cooperativo tratando de unir a la fuerza lo que una gestión profesional acredita que puede funcionar perfectamente sin necesidad de convertirse en apéndice de nadie ni cobijarse bajo el paraguas de un gran banco.

Con 40.000 socios y probada vocación regional -como lo atestiguan las trece oficinas existentes en la provincia hermana y los planes de expansión en curso-, Cajasiete vive estos días un proceso de renovación interna que ha elevado al hasta ahora director general, Fernando Berge, a la presidencia de la entidad, por acuerdo unánime del Consejo Rector, una vez que su hasta ahora titular, Jerónimo Monje, ha renunciado a continuar en el cargo tras una brillante gestión de 16 años. Las pruebas de esta eficiente gestión y de la buena salud financiera de Cajasiete quedan acreditadas por el aumento del volumen de negocio, la nula exposición a la burbuja inmobiliaria, el incremento de los beneficios, la ganancia de cuota de mercado, las ratios de solvencia y eficiencia y otros indicadores. Desde que, en 1962, un grupo de agricultores visionarios, con Pedro Modesto Campos a la cabeza, decidieron crear la Caja Rural, para poder financiarse mejor, no todo ha sido un camino de rosas. Pero la constancia, la fe en el proyecto y una dirección prudente y profesional a cargo de manos expertas han conseguido que Cajasiete, la denominación que redefinió el proyecto bancario y su ámbito de actuación, sea hoy una entidad modélica, saneada y al servicio de los canarios y de la economía regional, que buena falta hace. El relevo que ahora se produce en su presidencia es una garantía añadida de continuidad y profesionalidad.