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Carlos Soria – Por Luis Ortega

   

Aquel que tiene la voluntad tiene la fuerza, escribió el dramaturgo griego Menandro, que vivió en Atenas a caballo de los siglos III y II antes de la Era Cristiana. Su conocido lema es perfectamente aplicable a un castellano sencillo y recio, cuyo coraje y sentido común le han valido amplia reputación en los ámbitos sociales y deportivos de todo el mundo. Apasionado por la montaña desde los catorce años, cuando era un modesto aprendiz de tapicero en su Ávila natal, hasta la cincuentena no cumplió su sueño de escalar un ocho mil: el Nanga Parbat, en 1990; ahora, pasados los setenta y cinco años, Carlos Soria Fontán (1939) suma otro record con la conquista del colosal Kanchenjunga, el tercer pico más alto del planeta con sus 8.586 metros.

Este macizo, que cuenta cinco cimas -dos en Nepal y las otras tres en la vecina India y que se traduce del tibetano como Los cinco tesoros de la nieve – provocó un obligado abandono, por inclemencias meteorológicas, en la primavera de 2013 y la feliz ascensión del pasado mayo, que multiplicaron el prestigio de un veterano montañero que representa un paradigma de resistencia física y mental en las prácticas deportivas de alto nivel y riesgo. Tuvieron que transcurrir seis décadas -y sumar su participación en las primeras expediciones españolas al Everest en los años setenta de la pasada centuria y la consecución de nueve ochomiles después de los sesenta- para conseguir un patrocinio adecuado para sus ambiciosos programas, “impulsados en tiempos en los que mis coetáneos están en su bien ganada jubilación”. La entidad BBVA, que le respalda desde 2011, hizo un buen negocio al adquirir los derechos de imagen de este alpinista único que, en compañía de su fiel sherpa Mukthu, se prepara sin prisa ni descanso para “completar el circuito del techo del planeta con las dos últimas etapas que me faltan”. Nada extraño en un personaje menudo y fibroso, que celebró su sesenta y cinco aniversario en la corona del K-2 y su setenta y tres con una carrera de fondo -cuarenta y dos kilómetros- en la estación pirenaica de Vaqueira Beret en el gélido febrero de 2012. Desde su experiencia, anima “a todos, sin importar las edades, a conocer y amar la montaña, que es mucho más que trepar a la cima; es el pleno gozo del paisaje y la naturaleza virgen, los cielos azules y las masas heladas, la convivencia con tus compañeros, con los que disfrutas de horas inolvidables y compartes ilusiones y peligros, desde los aludes a las tormentas inesperadas que te retienen en el campamento base, donde rezas para que llegue la calma y el final de la aventura”.