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Doménikos Theotokópoulos – Por Luis Ortega

   

Nacido en Candia, capital de Creta, hoy Heraclion, fue un personaje fascinante y contradictorio y un creador que, contra su inicial idea, halló residencia en Toledo, tras su fracaso como decorador del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Hasta los veintiséis años vivió en su isla natal, dedicado a la pintura de iconos bizantinos y, luego, emigró a Italia, cautivado por la aventura del Renacimiento. Aprendió con el gran Tiziano, Tintoretto y Veronés en Venecia y, ya en Roma, pese a su público desapego a su colosalismo, se familiarizó con la obra de Miguel Angel. Desde 1577 radicó en la ciudad imperial y trabajó, sin pausa y pleno reconocimiento para las numerosas y ricas iglesias y conventos de Castilla la Nueva, a la espera permanente de la llamada y favor de Felipe II que, pese a su cultura y sensibilidad, no entendió en su auténtica dimensión la espléndida originalidad del extranjero. Doménikos Theotokópoulos (1541-1614) representa, sin ninguna duda y mejor que ningún natural, el espíritu de la ciudad de las tres culturas, centro de libertad y convivencia donde su obra innovadora fue aceptada y valorada por la iglesia secular y regular, la nobleza acaudalada y los mercaderes y negociantes que, en aquel enclave, estratégico, ostentaron un notable poder económico. El 7 de abril pasado, cuarto centenario de su muerte, se dio el pistoletazo de salida a un extenso programa conmemorativo de su vinculación con la monumental urbe. En toda su extensión y grandeza, Toledo se convirtió en escenario del Greco y a las colas habituales en los espacios donde se exhiben sus composiciones (empezando por la iglesia de Santo Tomé, donde se custodia su celebrado Entierro del Conde de Orgaz) se une a diario una multitud heterogénea que asocia el nombre del candiota al esplendor de la poderosa España de los Austrias, extendido por medio mundo. A principios del siglo XX, se organizó una primera exposición antológica, cuyos límites no rebasaron las fronteras españolas; ahora la cuidada señalética enseña sus magníficos retablos en sus lugares originales y, además de los conventos e iglesias y de su propio museo, los préstamos exteriores le dan al evento una categoría internacional y es tal la cantidad y calidad de las obras que sería imposible reunirlas fuera del marco vital donde radicó cerca de cuatro décadas y donde reposan sus restos en una capilla de Santo Domingo el Antiguo, parada imprescindible en el itinerario del cretense, uno de los pintores más singulares de la civilización occidental.