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Edward Vernon – Por Luis Ortega

   

Prometimos volver a los fastos navales del primer Borbón que ocupó el trono de España y lo hacemos con el atractivo pretexto de la medalla acuñada para la exposición que, hasta mañana se puede contemplar en la Casa de Salazar de la capital palmera. La disputa política y militar entre Inglaterra y España por el monopolio comercial en Iberoamérica pasó a llamarse la Guerra de la Oreja de Jenkins cuando, en el lluvioso marzo de 1739, un marino escocés con ese nombre irrumpió en la Cámara de los Lores, enseñó su pabellón auditivo, conservado en un frasco con alcohol, y gritó a los presentes que los autores de su mutilación amenazaron que “harían lo mismo con Jorge II si osaba aparecer por las colonias indianas”. Extendida hasta 1748 en los océanos Pacífico, Atlántico y Mar Caribe, tuvo episodios tan pintorescos como su bautizo, porque los ingleses taparon sus aparatosas derrotas a cualquier precio, y secuelas en aguas lejanas, como los fallidos desembarcos en La Gomera y La Palma. La hasta entonces imbatida Royal Navy quedó seriamente afectada en su prestigio en todos los combates y, de modo especial, en la bella ciudad colombiana, sitiada en vano por casi dos centenares de navíos y veintitrés mil infantes.

Edward Vernon (1684-1757), apodado Old Grog por su llamativa chaqueta, nunca asumió el fracaso que contó como victoria y recordó con placas alusivas; en una de ellas, se representó altivo y bizarro ante un arrodillado Blas de Lezo que le suplicaba la rendición; cuando se atisbó la verdad culpó de sus fallos al general Wentworth, jefe de las tropas de desembarco y, por sus influencias en la corte, fue nombrado almirante del Mar del Norte. Pero el fraude jamás tiene largo recorrido y los honores inmerecidos por una mentira útil y grata para el Reino Unido, dieron paso a su afrentosa expulsión de la armada. Pese a todo y con su megalomanía pertinaz, mantuvo el engaño y encargó a sus familiares que, después de su muerte, grabaran un epitafio, que aún dura en la Abadía de Westminster, para perpetuar la falacia: “Y en Cartagena (de Indias) conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria”. Diseñada por Manuel Jesús Lorenzo y patrocinada por el ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, la medalla local repara la falsedad y, con justicia y buen humor, invierte la escena: el orgulloso inglés, mohíno sobre sus rodillas, pide clemencia a Mediohombre que, según la vera historia, le recomendó que dedicara sus barcos “al transporte de carbón en Europa”.