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En dirección al abismo – Por Francisco Pomares

   

La dimisión de Willy Meyer como eurodiputado puede que le honre personalmente -por eso de una supuesta coherencia entre lo que se dice y lo que se hace- pero yo creo que forma parte del teatrillo de marionetas en que ha convertido la política. El hombre ha renunciado porque participa en un fondo de pensiones gestionado o ligado a una Sicav, esas sociedades con tributación de tan sólo el uno por ciento, que Izquierda Unida reclama disolver. Junto a Meyer, otros cuatrocientos eurodiputados contrataron este fondo de pensiones, entre ellos el ministro Montoro, la socialista Elena Valenciano, Rosa Díez o los canarios Fernando Fernández y Manuel Medina… Lo primero que hay que decir es que las sicav no sólo no ilegales, sino que funcionan en toda Europa como sociedades de capital variable de baja tributación. Es verdad que se han convertido en refugio seguro del dinero de los que más tienen, pero son también un instrumento financiero muy utilizado por las entidades bancarias para garantizar mejores rentabilidades a los fondos de pensiones.

A fin de cuentas, los fondos de pensiones ya tributan -y de qué manera- al ser rescatados por sus suscriptores. La dimisión de Meyer es un exceso, fruto del disparate en el que anda instalada esta sociedad nuestra: pero no sólo la casta de los políticos, a la que señalamos como responsable de todos los males, mientras nuestros jóvenes se apuntan al vandalismo, nuestros banqueros a la estafa y nuestros intelectuales directamente se dedican a la hermeneútica de Juego de Tronos. La nuestra se ha convertido en una sociedad de idiotas que se rasga las vestiduras ante el aforamiento de Juan Carlos I, pero que no ha tenido hasta ahora el más mínimo reparo de que todos los jueces del país, todos los diputados regionales y un montón de cargos públicos estén perfectamente aforados. Somos una nación envilecida por veinte años de abundancia y despropósitos, de pérdida de todas las referencias y adoración exclusiva del dinero, sacudida por siete años de crisis que ha destruido todas las barreras y además nos han puesto en nuestro sitio. Ahora confiamos cada vez más en las fórmulas de Fierabrás, los crecepelos milagrosos y los charlatanes, y menos en la educación, el respeto, la tolerancia y la responsabilidad individual. Somos una sociedad infantilizada, instalada en la abulia, el pesimismo, la radicalidad y el frentismo. Nos hemos colocado voluntariamente al borde mismo del precipicio al que nos lleva el suicidio institucional. Y parece que cada día estamos más dispuestos a dar un decidido paso al frente.