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En el estadio de Gran Canaria – Por Sergio García Cruz

   

Lo ocurrido en el estadio de Gran Canaria no puede volver a pasar. Decía Eduardo Galeano que el fanático es el hincha en el manicomio. Hubo una época en el fútbol en el que la violencia se fue acrecentando, mientras que en otros deportes esta fue decreciendo, hoy en día ya se ha mantenido dentro de unos parámetros aceptables. España, en lo relativo a la violencia en los espectáculos deportivos tiene un antes y un después a partir del año 2007, en el que se regula de manera contundente actos rechazables y medidas de actuaciones tendentes a evitar que un espectáculo como este se convierta en un circo o en un anfiteatro romano.
El fenómeno de masas ha dado mucho que escribir, el análisis del porqué personas con vínculos familiares estables y laborales se transforman y se comportan de una manera irracional no deja de ser una situación curiosa que muestra la parte más ‘oscura’ del ser humano, donde se da una caterva irracional de exaltación de los intereses más espurios.

Lo ocurrido en Las Palmas de Gran Canaria no deja de ser un cúmulo de circunstancias que tristemente dieron lugar a lo que hoy todos sabemos. Pero, si ahondamos más en lo ocurrido podemos darnos cuenta de que el ascenso frustrado no hubiera sido tal si no se hubiera parado el partido, algo posible viendo el tiempo que restaba para el final y si se hubiera acompañado de una actitud activa frente a la causa desde su comienzo. Quien conoce el estadio de Gran Canaria sabe que desde las gradas al campo hay una gran distancia; desde la de Naciente (desde la que se saltó) hay unos 40 metros desde la línea de gol, al igual que en la grada Curva, las más cercanas son la de Tribuna y Sur a 25 metros.

Me gustaría destacar tres cuestiones principales; primero, la apertura de unas puertas que nunca se deberían abrir por razones obvias de seguridad; la segunda, permitir que se salte al campo antes de la conclusión del partido y del abandono del terreno de juego del grupo arbitral y equipo visitante; la tercera, la falta del cordón de seguridad en los minutos finales. En este estadio es sencillo acceder, solo implica un simple descolgamiento.

Cometer agresiones, amenazas y otro tipo de delitos es la respuesta de algunos contra los que saltaron al campo, esto es igual de rechazable que el hecho causante en sí. La perturbación de un espectáculo, como fue el caso, es un delito agravado de desórdenes públicos con pena de prisión superior a tres años, lógicamente esto se analizará tomando como base el comportamiento individual de cada persona, porque en el fervor de la fiesta cualquiera podría haber cometido ese ‘error’, pero otra cosa es su actuación posterior, siendo las más graves cuando se acompaña de otros actos ilícitos como agresiones, daños, hurtos, etc.
Por último, quiero destacar el efecto ‘permisivo’ inicial de la situación. Cuando las primeras personas saltan al campo se producen dos situaciones: una de iniciativa (romper el hielo) y otra de llamada, esta última dependerá de la intervención del personal habilitado para actuar contra esta invasión, que si no lo hace supondrá una aceptación y como tal interpretada por el resto, que se sumarán.

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