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No es fútbol, es otra cosa

   

Los tristes incidentes en el Estadio de Gran Canaria que dieron la vuelta a España el pasado domingo trascienden de las consecuencias deportivas que generó la invasión, por parte de un grupo de aficionados, del campo de fútbol de la capital grancanaria cuando se disputaba la prórroga del encuentro entre la UD Las Palmas y el Córdoba FC y que, finalmente, acabó con el empate del equipo andaluz en el último minuto y su ascenso a Primera División.
Cierto que el foco se ha puesto en el hecho de que ese asalto y la consecuente paralización del partido durante un tiempo pudo influir en la concentración de los jugadores amarillos y, por ende, en la llegada del gol de los cordobeses, pero lo importante, pese a todo, de lo que se vio hace siete días no reside en lo futbolístico o lo deportivo; va más allá y es más preocupante.

Se pueden poner mil y una excusas a la invasión del terreno de juego, tales como que la seguridad no era suficiente o que no se debió dar la orden de abrir las puertas del estadio cuatro minutos antes del fin del encuentro, pero eso es poner un velo sobre la realidad de nuestro Archipiélago. El modo de comportarse de esos supuestos aficionados -agredieron a miembros de la plantilla del equipo rival y asaltaron las neveras con agua y bebidas isotónicas para los futbolistas- no fue consecuencia de un momento de euforia no reprimida o un anhelo por celebrar de inmediato un logro deportivo que estaba a 90 segundos de hacerse realidad; no. Su actuación y posteriores justificaciones y arrepentimientos son el reflejo cóncavo de una sociedad que hace aguas en valores y formación. Y es que una de las imágenes más tristes -y hubo muchas- que nos ha dejado lo sucedido son los rostros de algunos de los que saltaron al campo y que han quedado para siempre retratados en diversos medios de comunicación. Ira, odio, agresividad desmedida, burla a la autoridad y un reguero de miradas desafiantes hacia el resto del mundo. Los famosos 15 minutos de fama que predicaba Warhol debía sentir todo ser humano se han prologando algo más en el caso de algunos de ellos, pero, insistimos, el trasfondo denota cosas aún más graves que el suceso en sí.

Los acontecimientos en el campo de la UD Las Palmas no es el único, ni primer, ejemplo de la descomposición a la que nos referimos, pero sí de las más impactante de los últimos tiempos por su repercusión mediática. Hay otros signos y alertas similares en el día a día o que, en su momento, también fuero pasto de portadas, pero el desdén, en unos casos, y el olvido, en otros, contribuyen a aparentar que no pasa nada.

En las últimas décadas las estructuras sociales en el Archipiélago han sufrido una mutación a una velocidad enorme que, entre otras muchas deficiencias, ha provocado, precisamente, la desaparición paulatina de una identidad, de un arraigo, de un sentimiento de pertenencia que ha generado, a su vez, la desubicación de muchos canarios, sobre todo, jóvenes. Lo que era esplendor económico se ha tornado, además, en una crisis que ha dejado a toda una generación ya no solo sin referentes identitarios o culturales, sino sin perspectivas de futuro. Y el sistema no ha sabido arbitrar medidas para encauzar todo ese potaje de incertidumbres y falta de formación y esperanzas. Y cuando hablamos de referentes señalamos a las familias, los centros educativos, los profesores, la sociedad civil e, incluso, los clubes deportivos que, en muchos casos, se convierten en centros competitivos mal entendidos y donde impera, justamente, el lado menos amable del deporte.

La educación en las Islas obtiene de los peores resultados de España y Europa. El reseñado cambio de modo de vida de las últimas décadas no vino acompañado de una reflexión y puesta en marcha de un sistema de enseñanza acorde y el fracaso escolar y el abandono de los estudios es el mascarón de proa hacia actitudes como las vividas en el Estadio de Gran Canaria. Poseemos una educación deficiente, y no solo la formal como reflejan informes como el de PISA, sino que estamos anclados a una educación cívica, afectiva y social tan deficiente, o más, que la reglada.

Además, la actitud cicatera del Gobierno de España en los últimos años en el aspecto educativo y cultural no está ayudando a encontrar caminos para recuperar una senda que hace mucho que se difuminó. Un modo de hacer política ante la que han levantado la voz muchos de los que están llamados a alertar sobre el deterioro de la sociedad; ahí están las quejas de universidades, intelectuales y especialistas en materias a veces olvidadas, pero necesarias, como la sociología, la historia o la psicología que indican que se está fraguando un caldo de cultivo peligroso para el futuro de nuestros jóvenes. La respuesta ha sido el silencio.
Lo ocurrido es injustificable. Se argumente lo que se argumente, lo sucedido no es un problema ni de seguridad, ni de alientos exacerbados a un escudo deportivo, ni siquiera es un problema de vandalismo, que también; es, en cambio, un problema del conjunto de los canarios. Es un aviso de que no estamos sabiendo rearmarnos bien como sociedad, que nuestros jóvenes están escasamente preparados para la vida, y que, en demasiadas ocasiones, miramos hacia otro lado.

¿Culpables? Todos. No es fútbol, es otra cosa. Y si no partimos de esta última premisa lo sucedido el domingo se repetirá allá o acá, pero terminaremos por acostumbrarnos a ello si no le ponemos coto.