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Estereotipos – Por Juan Carlos Acosta

   

En no pocas ocasiones son los extremos los que marcan la realidad africana que se proyecta en el exterior del continente. Tal es así que en muchos estudios en torno a esta parte -negra- de la Humanidad se acuñan términos tan recurrentes como “afropesimismo” y, su antónimo, “afrooptimismo”, solo que en este caso sus acepciones no son tan contrarias como pudiera parecer de antemano. El primero se utiliza para englobar la visión trágica, incluso apocalíptica, del presente y futuro de sus gentes, inmersas continuamente en guerras, hambrunas, epidemias, catástrofes y en una indolencia, o falta de interés por el mañana, irreverente hacia la sociedad del progreso y el cálculo, la capaz raza blanca. De otra, el segundo es a menudo esgrimido desde dentro para deconstruir la tesis precedente con razonamientos de esperanzas revolucionarias panafricanistas relacionadas con el colonialismo, el saqueo de los recursos naturales, las trampas del sistema global imperante y otras muchas causas de un dominio externo que ha dejado como germen en las comunidades locales a los dictadores, las fugas de capital ejercidas por las élites y una deuda externa inabarcable. De la misma forma se aplican los estereotipos de la cooperación al desarrollo a través de los antagónicos “exogenismo” y “endogenismo”, que equivalen, por ese orden, a la acción de colaborar en la necesaria evolución del “primitivismo” hacia cotas aceptables de orden social y económico y, por el contrario, a la imposición de las recetas neoliberales como única forma universal de civilización. En medio de este escenario de desencuentros, los años han ido pasando desde que las metrópolis europeas abandonaron por los años 50 y 60 sus posesiones africanas y el continente continúa, no obstante, registrando tasas importantes de pobreza, enfermedades fácilmente superables que causan ingentes cantidades de muertos y una resistencia difusa a la organización política y económica que tira por los suelos los sueños de próceres como Kwame Nkrumah, el primer líder de las independencias y presidente de la primera nación subsahariana en alcanzar la soberanía, Ghana. Los países africanos avanzan, de eso no cabe la menor duda, pero lo hacen a la sombra del poder extranjero, un bucle que ha sido inatacable hasta hoy, aunque haya ya llegado la mundialización y la rebelión de los invisibles, y a pesar de que siguen siendo atravesados por los intereses de esas lanzas que pueden llegar a ser las multinacionales, una doble moral que anega de petróleo grandes extensiones de territorio, que deja morir si es necesario y que se regala en las moquetas de las sociedades progresistas a renglón seguido ostentando la bandera de las grandes obras benéficas.