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Evangelización – Por Juan Pedro Rivero*

   

En Haití, hace más de treinta años, Juan Pablo II llamó a los cristianos de América latina a una “nueva evangelización”. Desde entonces se ha convertido la expresión en una invitación a renovar el testimonio de fe y a provocar una invitación constante y renovada de vivencia de anuncio bueno y dichoso que contiene el Evangelio de Jesús. Este próximo fin de semana en el Seminario se celebra la I Jornada Diocesana de Nueva Evangelización. Y me parecía oportuno compartir algunas certezas personales sobre lo que es y lo que no es la nueva evangelización. No es la estrategia para acrecentar el número de los miembros de la institución. No es marketing o estrategia comercial. No es eso. Entonces, ¿qué es? Es un esfuerzo por aprender un idioma para compartir una experiencia. Es una renovación personal profunda que nos haga salir al encuentro superando el miedo a los exteriores del invernadero. Es un proceso de conversión personal y pastoral que nos coloque al descubierto ante la mirada del que quiera descubrir lo que se ha descubierto y gozar del sentido del que se está gozando. Es coherencia, es alegría, es coraje, es fecundidad… No basta estar anotado en el libro de bautismo de la parroquia para ser un cristiano de verdad. No basta. Hace falta algo más. Y lo que falta no es conquistable con la mera voluntad. Es un don. Es un encuentro personal con Cristo. Si no se produce seremos miembros de una institución, seremos afiliados, seremos menos o más, pero la irrelevancia nos apagará por falta de pasión enamorada. Paco conocía a Carmen desde hace mucho tiempo. Compartían juegos, clases, recreos… Podían dar razón mutuamente de quiénes eran y de cómo eran. Pero la vida de ambos era dos vidas. Aquella tarde ocurrió algo sorprendente. Inesperadamente, el conocimiento pasó de la mente al corazón. Comenzaron a conocerse con el corazón. Se enamoraron. Desde entonces aquella relación era distinta. La vida cobró un nuevo sentido y una alegría que les sorprendió. Un gozo que no hubo manera de acallar. El amor les permitía resituar el presente y el futuro en un marco existencial distinto. Ahora tenía razones por las que entregar la vida. Lo que les ocurrió a Paco y a Carmen, nos debe ocurrir con Dios. No sólo no se evangeliza lo que no se ama, sino que no se evangeliza si no se ama. La nueva evangelización comienza por un encuentro posible.

*RECTOR DEL SEMINARIO DIOCESANO