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Felipe VI y Cataluña – Por Antonio Casado

   

No pocas voces han dejado de sugerir un golpe de timón político e institucional, en clave reformista, aprovechando la proclamación del rey Felipe VI. Desde foros mediáticos y políticos se le invita a impulsar una profunda reforma de la Constitución, a fin de reparar en parte los desperfectos que, por pura fatiga de materiales, se han detectado en prácticamente todos los componentes del llamado consenso de 1978. Es cargar demasiado las espaldas del nuevo monarca, cuando aún no ha acabado de encontrar la postura en el trono. Pero no solo por eso. También porque tiene constitucionalmente vedado el papel de gobernar. Ahí se encuentra el nudo del debate. Algo más que una cuestión política. O algo menos, pues al final se va a ventilar como si fuera una cuestión gramatical. Todo depende del significado y el significante que otorguemos a palabras como “moderar”, “arbitrar”, “decidir” y “proponer”. Como es sabido, la Constitución confiere al Rey la capacidad, incluso el mandato, de moderar y arbitrar el funcionamiento de las instituciones. Dos papeles totalmente ajenos al gobierno de los intereses generales en nombre de un programa pactado con los electores y un determinado partido político. El gobernante gobierna y para gobernar hay que decidir.

El rey reina y eso significa ejercer el mandato constitucional de moderación y arbitraje. Me parece que eso excluye la capacidad de decidir pero no la de proponer. Ese es el sensible resorte que puede accionar Felipe VI aprovechando el descorche generacional en la Corona de España. Con tacto e inteligencia, de modo que todos lo vean en el punto equidistante entre su deber moderador y su vetada capacidad de gobernar. El punto de equilibrio solo puede ser el de la propuesta. Justamente el que trata de explorar el presidente de la Generalitat, Artur Mas, cuando anuncia su interés en hacerse el encontradizo con el nuevo rey. Para tratar del futuro político de Cataluña, claro. “Espero tener ocasión de hablar con él y de convencerle”, dice después de asumir como un lugar común que “un nuevo jefe de Estado siempre da lugar a un nuevo escenario”. Curioso. Del pasotismo inicial a verlo como un posible aliado. Lo tendrá muy difícil si sigue viendo innegociable la celebración de una consulta ilegal a todas luces. Lo peor es la cuestión de fondo, porque el rey de España, por la naturaleza de su magistratura, ha de ser beligerante en el respeto a los principios de integridad territorial y soberanía nacional única. En todo caso, tampoco es mala noticia que Artur Mas confíe en el papel moderador de la Corona como posible cauce a la pasión embalsada desde que el nacionalismo catalán planteó su reto soberanista. Puede ser buen comienzo para salir del atasco. Si no, habrá que esperar a que las fuerzas implicadas (ERC y CiU, básicamente) se enreden en sus propias contradicciones a medida que vayan quemando etapas hacia el abismo.