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después del paréntesis>

Fútbol – Por Domingo-Luis Hernández

   

No es fácil asumir el fracaso. Sobre todo cuando el éxito tiene tanta contundencia que es capaz de desplegar banderas de España en Cataluña o en el País Vasco. En este mundo algunos asuntos que a políticos de pacotilla, petimetres o absurdos intelectuales le parecieran ridículos, no lo son. Hay cuestiones que unen y que manifiestan. Y en esos casos no vale arrimar el ascua a la sardina oportunista; las cosas son lo que son, aunque no puedan explicarse racionalmente.

Pongo por caso las victorias de la selección española de fútbol, pues. Y de ello se deduce que lo incuestionable, cuando lo primero ocurre, es que llegues al aeropuerto en cuestión y te saquen por la puerta de atrás como si fueras un bandido. Cuando sucede lo segundo todas las instituciones y personajes ad hoc están alerta; precisan fotografías, caricias y cariños de los campeones. Se es imagen y a la imagen todos se unen, los Reyes, el Presidente del Gobierno, los de las comunidades de tal o cual lugar o las del pueblo perdido cuna del héroe.

De manera que si uno repite en su memoria las imágenes del Mundial que nos ocupa se sacan conclusiones. El asunto no es responder a la pregunta de qué ocurrió, o qué hubiese sucedido si el gol de Silva hubiera subido al marcador, la cuestión es aceptar que el éxito desaparece en la existencia como una burbuja, porque ni nada es eterno (ni siquiera el Sol) ni nada se acepta sin respuesta, como de hecho ocurrió. Quiero decir que España fue la mejor selección de fútbol del mundo, pero el resto de los mortales que se dedican a semejante labor no andaban de vendimia y prepararon exhaustivamente lo que iba a suceder; todos menos España, porque era la mejor.

Si así se mira, el fracaso ha de asumirse como una condición. Y han de tener sustancia los fallos clamorosos: la lista de convocados, el competir sin analizar al contrario, el jugar con una media que hacía aguas por todas partes o el suponer que el temor es el que gana los partidos. Luego, invertir la actitud, es decir, experiencia positiva porque en adelante sabremos como jugar, lejos del único, entre otros, con suma conciencia, concentración, control e incluso picardía.

Toda experiencia es un límite. La vida de los seres que viven (la selección española de fútbol también) es un hatillo de éxitos y de errores. La materia es calibrar (como explican los psicólogos) si los éxitos son los que mandan en el aprendizaje o son los errores. Digamos que lo privativo de esta selección en el pasado fue los traspiés, fracaso tras fracaso y sin explicación alguna a pesar de sus futbolistas. ¿El triunfo enseñó o confundió? Varios seres obtusos es lo que hemos visto, que se arrastran por la arrogancia. Y eso es lo que hace siniestras las actitudes de individuos que habrían de dar la cara para asumir y constatar lo que aconteció; no que el adversario fuera mejor, ellos fuera del juego.

De donde, ¿quién fracasó?, ¿el entrenador o los jugadores que no se comprometieron con su responsabilidad, como el soberbio Cesc, el perdido Xavi Hernández, el despistado Piqué o el desorientado Iker Casillas? Todos en uno, dice del Bosque, aunque no se lo crean. Y ahí está el futuro: los fallos tácticos al lado de la valentía, del puñetazo en la mesa que ahora el entrenador puede dar.

El asunto tiene nombre, aunque anden despistados los unos o los otros: no ganar; saber perder. Así es como se hace el mundo, con el éxito o sin él.