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Héctor Vargas, poeta de sueños – Por David Sanz

   

Todavía recuerdo el día que entró por primera vez en clase. Una chupa de cuero, botas de cowboy, un pendiente en la oreja y barba de varios días. Llegó algo tarde, abrió la puerta, echó una mirada al conjunto y se sentó en pleno centro del aula, en primera fila. Su aspecto destacaba en aquel curso de COU del Instituto Poeta Viana, muy formal y aplicado, donde se juntó casualmente un grupo fantástico de estudiantes y profesores. Parecía llegado de otra galaxia. Pero, de inmediato, nos conquistó a todos el corazón. Su aire de ingenuidad, una mirada curiosa, cariñoso y muy respetuoso, contrastaban con su aspecto roquero y desenfadado. Le encantaba hablar, discutir, pensar, darle vuelta a las cosas, en definitiva, vivir en la palabra. ¡Carajo!. ¿Cómo no me di cuenta entonces del poeta que habitaba dentro de aquel ser extraordinario? No es nada raro que empatizara a la primera con uno de nuestros profesores que marcó con sus clases de Filosofía a muchos de los alumnos que pasamos por su enseñanza y por su vida, Nazario García de Armas. Pronto recaló en aquella ventana abierta a la calle que tenía el instituto, hoy tristemente cerrado, que era Radio Poeta. Después llegó la universidad, la dispersión y la diáspora. Fueron contadas las veces que lo volví a ver.

Una cena de antiguos compañeros de clase, un trayecto en guagua de Santa Cruz a La Laguna y alguna noche de jarana en la ciudad universitaria. Y seguía siendo el mismo que entonces. Un tipo legal como pocos. Hasta que el miércoles, el compañero de clase Domingo Moreno, nos despertaba en el grupo de WhatsApp del instituto con una terrible noticia: Héctor Vargas Ruiz había fallecido. Lo había contado otro compañero, Juan Carlos Damas, que compartió con Héctor horas de radio en el Poeta. Una serie de enlaces en Internet me llevaron a descubrir a un Héctor que se había convertido en un poeta, en un trovador en las noches del Blues Bar, en un escultor de grandes metáforas, en definitiva, en un genio de la palabra. Lo escucho recitar con la pasión de los amantes y siento que desbordaba imaginación y talento para transgredir los límites de la realidad con sus versos. Héctor, amigo, poeta, como Blas de Otero, hoy es tuya “la paz y la palabra”: “No voy a dejar que arraiguen en mis miembros telarañas, nunca permitiré que el olvido me recuerde; no me agotaré, ansioso de esperar las constantes y rodantes primaveras”.