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Jimmy Scott – Por Luis Ortega

   

Fue considerado por sus numerosos admiradores como una leyenda viviente del arte que, “ante todo y sobre todo, es ritmo y significado”, tal como lo descubrió y sintió Henri Matisse; un adalid de la libertad expresiva del jazz que, como la vida, es mejor, infinitamente mejor, cuando sueltas las ataduras e improvisas (George Gershwin dixi). James Victor Scott (1925-2014) padeció en la infancia el Síndrome de Kallman, que le impidió llegar a la pubertad y completar su desarrollo físico. Como justa y curiosa compensación a esa grave y extraña patología tuvo una voz poderosa y diáfana, con tesitura de contralto y calidad bastante para transmitir el abanico de emociones que caben en este género musical que, cinco minutos antes de su interpretación, “sólo es un propósito”. Mediado el siglo XX y después de muchos tumbos en locales de mala muerte y tugurios sombríos, fue descubierto por Lionel Hampton que lo contrató para su big band y con su apoyo nació un mito: Little Jimmy. Con tanto talento como voluntad, no desaprovechó la oportunidad y se aupó entre los mejores cantantes del rhythm & blues y del soul y metió sus baladas tristes en las listas de éxitos desde hace siete décadas.

Lamentablemente, la fascinación que ejerció entre los profesionales no fue compartida por los ejecutivos de las empresas discográficas y, entre luces y sombras, pasó cuatro décadas donde a un boom económico seguía, sin aparente explicación, un fracaso de ventas. Tendría que ser un inteligente cineasta -David Lynch- y una serie de culto mundial -Twin Peaks- los que lo plantaran en un podio merecido e indiscutible porque “jamás nadie cantó como él”, como expresó su amigo y protector Ray Charles; su aparición en el último episodio con la canción Sycamore Trees -compuesta al alimón con el director – significó su resurrección artística, consolidada por un contrato con Sire, filial de la Warner Bros, con la que grabó sus últimos álbumes, cuyas promociones europeas incluyeron conciertos memorables, como el celebrado en Madrid recién inaugurado el siglo XXI. Los que por conocimiento o azar – como fue mi caso – acudimos no olvidaremos jamás el calado íntimo de su estilo singular, la frescura de una interpretación “imposible de apresar en un pentagrama”, el misterio de su voz de terciopelo negro y, al fin, la entrañable empatía de una figura menguada que cantaba al amor perdido y al tiempo pasado, como si hubiera acabado de descubrir la melancolía.