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Jordi Alba – Por Luis Ortega

   

No descargo el desastre sobre el defensa menudo y mal encarado que, como epílogo del ridículo de Brasil, amenazó a un periodista, que sólo cumplía con su oficio, con el apoyo macarra de otro tramposo. Incluso, pude ahorrarme el tema o titular con la partida en pleno que, sin excusa, estafó a un país que, como consuelo de pobres, puso su ilusión en quienes no lo merecían y que, para colmo, remataron la mala faena con la huída de los aficionados -niños en su mayoría- que les aguardaban en Barajas. La banda del mirlitón se hizo acreedora del leve correctivo de encabezar esta modesta columna, sobre todo por la falta de casta que reveló en la competición y a la hora de escurrir el bulto tras sus alevosos números; y, por si fuera poco, cuando dieron la callada por respuesta a una demanda benéfica: aportar algo de las primas pactadas, setecientos mil euros por barba, a los niños que van a los comedores escolares para no pasar hambre en el verano. También el Marqués del Bosque podría rotular el alegato por probados errores y omisiones imperdonables, por su pasteleo continuo que, como toda impostura, tiene fijado su fin; por su nula personalidad, evidenciada en la falta de respeto de sus seleccionados en los últimos días de Curitiba.

Y, por supuesto, en la cima podría ubicarse al responsable máximo de la merienda de carotas, el inefable Villar, como adalid de la afrenta y el desdoro; es el directivo más torpe y ridículo, además de codicioso y opaco en las cuentas, del deporte europeo; el felpudo idóneo para los capos de la UEFA y la FIFA; y con el avispado letrado por Deusto, especializada en facilitar los títulos jurídicos a abertzales y peloteros ramplones, su camarilla en pleno, más mediocre que el jefe, naturalmente. Los medios fueron muy comprensivos con las derrotas, contra la razón, que no tiene dueño; templaron gaitas, perdonaron todo e invocaron la disculpa para vagos sin espíritu o torpes sin remedio; recomendaron incluso la continuidad de los responsables de la quema de una horrible falla. Pero faltaba la guinda al detestable pastel y la pusieron los maleducados y humillados expedicionarios cuando aterrizaron en el Aeropuerto Adolfo Suárez y corrieron como ratas de un barco naufragado ante unos hinchas jóvenes con más pasión y decencia que ellos, desde luego. Nada justifica su comportamiento, porque si bien hay muchas formas de perder, los bien pagados lo hicieron del peor modo después de que los ciudadanos tragáramos campañas de una épica rancia a cuenta de La Roja que se quedó en rosa palo, más palo que rosa.