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Juego de Tronos – Por Jorge Bethencourt

   

Al nuevo rey le veo cara de bala. Tal vez porque representa el último cartucho de esta sociedad desquiciada para encontrar la serenidad. El capítulo de ayer, cuando el anciano rey le cede la silla al joven monarca, fue emocionante. Y además tuvo una mezcla de pompa y austeridad muy del gusto de esos jetas que cobran una pasta al mes pero dicen representar a los cinco millones y pico de parados de este país de nacionalidades, regiones y proyectos de estado.
En la serie, los reyes mueren de mala manera. Normalmente a causa de la traición. A Joffrey, por ejemplo, lo mataron con unos polvos. Y Robert Stark perdió la cabeza por irse al sur. Sin embargo con Juan Carlos I no pudieron ni los polvos, ni los viajes al sur, ni nada de nada. Se fue. Porque tocaba dar paso a sangre nueva.
En Desembarco del Rey estaba todo el mundo. El Gobierno, los diputados y senadores, los poderes del Estado, los monárquicos y hasta los republicanos. Estos últimos soltando algunos tímidos grititos de protesta por una sucesión genética que contraría el orden democrático de las cosas; que consiste en elegir a un bandarria como presidente de la República.
Los nacionalistas también estaban allí. Y no aplaudieron. Fueron a Desembarco, o sea a Madrid, porque había que estar en la foto demostrando el cuajo. Ni un aplauso para el nuevo Rey Felipe VI. Y eso que se despidió, entre otras lenguas, en castellano, catalán y euskera. Pero ni flores. Los nacionalistas siguen a lo suyo que es la independencia. Por eso tenía Rajoy Lannister esa sonrisita como de quien sabe algo que todos los demás ignoran. Y lo que sabe es que está esperando a que los catalanes saquen una pata del tiesto para que les caiga encima todo el peso del Muro. ¿Y si hay también hay un frente vasco? Pues se manda a Invernalia al resto de la tropa.
Parece que fue hace siglos, pero no han pasado ni cuarenta años desde que los sables interpretaban aquí en España el Lago de los Cisnes. Ya no hacen ruido pero leen la Constitución. Ahora empieza el reinado de la mano tendida, del esfuerzo por la concordia y el entendimiento. Aquello, justo, en lo que este país ha sido siempre un desastre. Yo sólo quiero recordar, humildemente, que en Juego de Tronos muere hasta el apuntador. Pues eso.