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El más salvaje de todos los animales – Por Agustín M. González

   

Leí en una ocasión que las guerras en general y las dos guerras mundiales en particular, habían proporcionado grandes avances en la medicina, especialmente en la cirugía. No es difícil imaginarlo, aunque es una barbaridad se mire como se mire. La guerra, todas las guerras, grandes y pequeñas, antiguas y actuales, acarrean la pérdida de la condición humana, la vuelta al primitivismo de la ley de la selva. La guerra transforma al ser humano en una bestia, en una fiera capaz de lo que sea por sobrevivir, por destruir al adversario para conseguir su sometimiento. Es una tragedia a la que nadie es inmune. La Guerra Civil española enfrentó a hermanos de sangre. La contienda de Bosnia demostró que hasta los países más desarrollados pueden en un momento dado verse arrastrados a las armas. Y si se mezclan viejos conflictos territoriales, religiosos o étnicos, entonces el cóctel puede ser aún más explosivo e incontrolable. Las historias que nos cuentan las guerras son catálogos de barbaries. El holocausto judío a manos de los nazis es la máxima expresión histórica. La pasada semana la prensa nacional, El País concretamente, publicó un reportaje impactante sobre la utilización de la violación de mujeres como arma de guerra en la República Democrática del Congo (RDC). Los relatos recogidos son dantescos y revelan un fenómeno extendido que nos hace dudar de la naturaleza humana de algunos seres humanos. Las guerrillas de la RDC usan el cuerpo de las mujeres para destruir la sociedad. Cometen sobre ellas atrocidades inimaginables con las que buscan sembrar el terror y el miedo para someter a los pueblos, sin la menor consideración por la vida, sin respetar siquiera a los civiles ajenos a los enfrentamientos, sean mujeres, niños o ancianos. Un relato especialmente me sobrecogió el alma, el que hizo la periodista Caddy Abzuba para un video de la artista Ouka Leele. Es espeluznante, pero hay que contarlo para que se sepa lo que está pasando ahí al lado, en nuestra vecina África. Una familia congoleña estaba cenando tranquilamente en su casa. De repente irrumpió un grupo de hombres armados que violó a la mujer en presencia de su marido y sus cinco hijos. Le introdujeron armas y objetos cortantes en la vagina, obligaron a los menores a tener relaciones sexuales con ella y descuartizaron al padre delante de todos cuando intentó evitarlo. Los asaltantes trasladaron la mujer y los niños al bosque, donde permanecieron semanas. La madre, tras días sin verlos, preguntó por sus hijos. Los soldados le lanzaron una bolsa con cinco cráneos a modo de respuesta. “¿Por qué?”, gritaba ella destrozada. “Has estado comiendo carne todo este tiempo. No pensarías que íbamos a cazar para ti”, le contestaron. La madre, muerta en vida ante semejante atrocidad, suplicó a los soldados que la mataran para acabar con el sufrimiento. Pero se negaron: “Sería demasiado fácil”, le dijeron. Se estima que más de medio millón de mujeres han sido violadas en la República Democrática del Congo en los últimos veinte años; el 70% en sus propios domicilios. El conflicto de Ruanda ya dejó entre 250.000 y 500.000 mujeres violadas. Las guerrillas saben que si quieren destruir a un pueblo tienen que destruir a la mujer primero. Es una historia terrible. Es una realidad atroz y actual que revela que no hay otro animal capaz de actuar con tanta maldad y salvajismo como el hombre.