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Pedro Rodríguez – Por Luis Ortega

   

Tras sus estudios en Sevilla, su nombre y trabajo quedaron unidos a la edad de oro del Hospital Clínico de Tenerife que, desde los últimos setenta, fue centro de referencia en varias especialidades. Durante un largo periodo, la torre del Complejo Hospitalario Universitario de Canarias lució un cartel sobre las excelencias de los servicios de nefrología y urología y la marca de los mil trasplantes renales, record absoluto en la periferia española y europea. Duplicada la cifra, la notable efeméride entró en el horizonte de los servicios cotidianos pero sus protagonistas entraron en los anales de la sanidad insular. Desde 1981, los doctores Bañares, Maceiras, Tomás González -director del laboratorio de HLA- y mi paisano Pedro Rodríguez Hernández resolvieron con solvencia estos retos y abrieron una vía de esperanza para los enfermos crónicos del Archipiélago, en gran número por la diabetes, que triplica la media nacional. La unidad de trasplantes y sus responsables gozaron -y gozan- del reconocimiento científico y social por su voluntad y encomiable dedicación; y, también hay que decirlo, por la calidad de unos medios informativos que cubrieron todos los frentes de la actualidad y atendieron las exigencias de unos lectores que no se encandilaron por la fugaz pirotecnia de la política. La amistad y cercanía me permitió conocer estos hitos y sus pormenores, valorados y premiados por los colectivos ciudadanos pero, como tantas otras acciones profesionales y solidarias, preteridas por las entidades públicas.

En estas fechas, Tenerife acoge, otra vez, el Congreso Anual de la Asociación Española de Urología -reflejo del carácter puntero de esta especialidad en el Archipiélago- y, enfrascado en sus preparativos, Pedro Rodríguez me recuerda, con pragmatismo y sin nostalgia, una obra bien hecha y plenamente consolidada; las estudios y ensayos con animales, los primeros resultados y la ansiedad con el primer trasplante de donante muerto, la estadística positiva en compatibilidades e índices de supervivencia. Su consulta en la capital tinerfeña y el servicio que dirigió en el HUC revelan su excepcional preparación y su paralela bonhomía; sus servicios en la investigación, docencia y atención al paciente, valores -o virtudes, si quieren- que las condiciones de un tiempo canalla ignoran, como hasta ahora han sido ignorados por las instituciones de su tierra, que también es la mía.