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Protestones – Por Francisco Pomares

   

La protesta de los Cabildos contra el Parlamento de Canarias -esa que ha dejado a Antonio Castro cándidamente triste y solo- se me antoja una solemne estupidez: los presidentes de las corporaciones insulares decidieron no asistir a la sesión de la Comisión de Cabildos convocada por el Parlamento, para protestar por el maltrato que reciben los Cabildos del Gobierno de Canarias. Mientras los que mandan en los Cabildos pateaban al Gobierno en el trasero del Parlamento, el presidente del Cabildo de Gran Canaria, José Miguel Bravo -uno de los más peleones en los últimos tiempos con el Gobierno, a cuenta sobre todo de la Ley Turística-, se reunía con Paulino Rivero para hablar de sus cosas y salía encantado de la reunión. Curioso caso de contraprotesta… Es verdad que el Parlamento de Canarias nunca ha sido una institución demasiado valorada por los ciudadanos de Canarias. Pero había un tiempo no tan lejano en el que -al menos- contaba con el respeto de los políticos de las islas. Era un tiempo en el que en los parlamentos se hablaba, se transaba y se negociaba. Hoy en los parlamentos se grita, se insulta y se señalan sólo las responsabilidades ajenas. Se han convertido en una suerte de remedo institucional de los programas de insultos de la tele, sólo que en los parlamentos hay ujieres que te ponen un vaso de agua para que puedas aclararte la voz y seguir insultando.

Es lógico que el parlamentarismo pierda cada día más crédito, incluso entre los propios políticos. Vivimos una época en la que señores con responsabilidad, formación y mando se han acostumbrado a la protesta como forma de hacer política. Encabezando una marcha contra el petróleo, Mario Cabrera -por ejemplo- consigue adhesiones y simpatías que no se obtienen asfaltando la carretera de Casillas o estableciendo normas para el etiquetado del queso de cabra. Dando plantones al Parlamento sólo se consigue salir en los medios, pero es que al final eso es lo único que preocupa hoy a nuestros dirigentes: salir en la foto sacando pecho y demostrando que a ellos tampoco les tiembla el pulso. Poco a poco, se ha ido creando una clase dirigente cuyas principales preocupaciones son cobrar todos los meses y quedar bien para que les voten de nuevo y poder seguir cobrando. A los que se esfuerzan, se lo curran, dialogan, proponen medidas, las elaboran y trabajan, a esos no les hace caso absolutamente nadie. Confundimos capacidad de liderazgo y carisma con habilidad para el insulto y para acaparar titulares. Así, este país va de cráneo, por no citar otra parte menos elevada de nuestra anatomía. Y es por culpa nuestra.