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El rey desnudo – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

El discurso de don Felipe de Borbón ante las Cortes Generales tras su jura de la Constitución ha dado pie a diversas lecturas e interpretaciones. De él se ha dicho de todo; desde que es excepcional y está a la altura del acontecimiento de su proclamación como rey hasta que se trata de un cúmulo de lugares comunes y tópicos, salvo la parte de autocrítica que, en alguna medida, dedica a la monarquía y en la que implícitamente viene a justificar la abdicación de su padre. Personalmente creo que la alocución real tuvo excelencia y enjundia y, sobre todo, acertó en su planteamiento general porque Felipe VI habló de lo que muchos españoles queríamos escuchar. Considero un magnífico principio el que, siendo el primer rey que jura la Constitución del 78 -su padre juró los Principios Fundamentales del Movimiento, aunque desde esa legalidad se llegaría a la hoy vigente, “de la ley a la ley, a través de la ley”, como dijo Torcuato Fernández Miranda -, recordara que está sometido al poder civil, al poder soberano de las Cortes Generales. También me gustó el reconocimiento de que “las exigencias de la Corona no se agotan en el cumplimiento de sus funciones constitucionales”, ya que “la monarquía parlamentaria debe estar abierta y comprometida con la sociedad a la que sirve; ha de ser una fiel y leal intérprete de las aspiraciones y esperanzas de los ciudadanos”.

Valores y justificaciones

Parece lógico pensar que, además de lo que dice la Carta Magna sobre moderación, arbitraje y representación, el jefe del Estado quiera comprometerse con los problemas de la sociedad, aunque reine pero no gobierne, es decir, no ejerza el poder, que corresponde al ejecutivo de turno. También es de agradecer que públicamente recuerde una pauta esencial para la Corona, que ha venido aplicando con rectitud el rey don Juan Carlos I: “La neutralidad política y su vocación integradora ante las diferentes opciones ideológicas”.

Habló el rey del “reconocimiento y respeto” de la Corona al Parlamento, de “una Monarquía renovada para un tiempo nuevo”, de buscar la cercanía de los ciudadanos para “ganarse continuamente su aprecio, su respeto y su confianza, y para ello velar por la dignidad de la Corona y preservar su prestigio”, sin duda muy dañado en los últimos tiempos por algunas frivolidades del anterior monarca, como sus devaneos con una princesa divorciada, una cacería en Botsuana y el caso Urdangarín. De ahí la autocrítica a que me refería antes cuando el soberano apunta que “la ciudadanía ha de observar en la Monarquía una conducta íntegra, honesta y transparente”. Una meta obligada tras la experiencia de los últimos años.

En esa misma línea regeneradora habría que situar las aspiraciones de don Felipe de “escuchar, comprender, advertir y aconsejar”. Y su deseo inequívoco de que se llegue a una efectiva “separación de poderes”, el cumplimiento de las leyes y el “profundo cambio de muchas mentalidades y actitudes”, en orden a ampliar los comportamientos ejemplares y recuperar los valores éticos y morales en la vida pública. Con exquisita corrección, Felipe VI aludió a valores como la ética, la libertad, la tolerancia, la responsabilidad… “que los ciudadanos nos demandan”, para evitar el peligroso distanciamiento entre la calle y los representantes políticos, envueltos muchos de ellos en escándalos de todo tipo. También ha destacado el diálogo como “mejor camino” para el entendimiento y para dirimir cualquier diferencia política.

La regeneración política

Estas alusiones del rey creo que dan en el corazón de los problemas del país, al margen de la cuestión territorial de Cataluña. Una casta dirigente -también la económica- y unos partidos políticos llenos de ambición y desmesura se han ido adueñando del espacio público y ocupado los resortes de poder propiciando una mezcolanza de intereses que ha echado por tierra las esperanzas de la ciudadanía sobre el correcto funcionamiento de las instituciones y la limpieza en un servicio público, hoy colmado de corrupción.

El rey pone el dedo en la llaga cuando reclama la regeneración moral del país, la confianza en las instituciones y la recuperación de la ilusión colectiva. El discurso real, integrador, humilde, entusiasta e idealista, reclama un esfuerzo colectivo en favor del medio ambiente, la educación, la ciencia, la investigación, el espíritu emprendedor, el civismo, el sacrificio, la Europa social, etc. con espíritu de renovación, transformación y cambio. Y, cómo no, recuerda a los más afectados por la crisis, los parados, los jóvenes y su futuro, los marginados… Lo hace con un lenguaje sencillo, cercano, correcto, fácil de entender, propio de un servidor del Estado. Lástima que los representantes de los nacionalismos catalán y vasco no quieran aceptar la mano tendida de don Felipe y persistan en sus seculares añagazas cuando ambos territorios jamás disfrutaron de la capacidad de autogobierno con que hoy cuentan.
Los reyes tendrán que ganarse el cariño y el respeto de la sociedad española, pero que sus primeros pasos invitan a la esperanza porque este país nuestro no es, ni mucho menos, el que recibió don Juan Carlos hace casi 40 años. Con las limitaciones que se quieran, hoy es más libre, más maduro, más justo y está mejor preparado para el futuro. Pero no conviene olvidar que los problemas pendientes tienen que resolverlos los gobiernos, los políticos, no el rey, que no debe ir más allá de lo que ha apuntado en su discurso. Es mejor que recuerde la connivencia de su bisabuelo con la dictadura primorriverista y las consecuencias que luego tuvo en la llegada de la república.

Chapuzas y un reconocimiento

La apresurada abdicación del anterior rey, seguramente decidida tras los resultados de las elecciones europeas con el alza espectacular de los partidos republicanos, puso de relieve la habitual capacidad de improvisación española, con su secuela de chapuzas, normas y urgencias de toda índole. Nada estaba previsto: ni la ley orgánica incluida en la Constitución, ni el blindaje jurídico del anterior rey, ni el nuevo protoloco de preferencias (por cierto, vaya dislate colocar delante de don Juan Carlos y doña Sofía a sus dos nietas), ni la reducción de la familia real, ni el traslado de despacho de don Felipe al palacio de La Zarzuela… Se ha tirado por la calle de enmedio, se ha pactado todo deprisa y corriendo entre PP y PSOE y así y todo en 17 días ha cambiado la Jefatura del Estado y la persona coronada, y parece que todo sigue como antes. Es la ventaja del normal funcionamiento de las instituciones. Tampoco es explicable el exceso de austeridad en las ceremonias más solemnes. La clamorosa ausencia de invitados extranjeros, el deliberado ocultamiento de don Juan Carlos en algunos casos -tanto da si ha sido a petición propia como si fue recomendación del gobierno- y la pública actitud de éste hacia doña Letizia durante el acto de abdicación. Sí parece obligado destacar la rápida preparación de una agenda de viajes al exterior de don Felipe, con el guiño inicial al Vaticano -¿para compensar el tinte secularizador de los actos de estos días?- y el acierto de continuar luego con los vecinos Marruecos, Portugal y Francia, para seguir luego haca el tradicional aliado norteamericano.

No quiero acabar sin resaltar la tarea histórica de don Juan Carlos. Por encima de errores puntuales, graves y criticables, queda su generosidad a la hora de abdicar, tras haber perdido, al menos en parte, el cariño y la confianza de los españoles. Parece que se ha ido por la puerta de atrás, cuando su tarea de servicio y amor a España es inmensa. Aunque solo fuera por restablecer la concordia, traer la democracia y las libertades y consagrarlas en una Constitución pactada por todos -incluso por los que y le niegan legitimidad al nuevo monarca-, propiciar la entrada en la UE y en la OTAN, impedir el triunfo de los golpistas del 23-F y constituirse en excelente muñidor de consensos y el mejor embajador de España en el exterior ya merece el mayor de los homenajes y de los reconocimientos. Lo mismo cabe decir de doña Sofía en el papel de reina consorte, un puesto que ha desempeñado siempre con una profesionalidad, una discreción y una dignidad dignas de encomio.