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El rey y la Transición – Por Juan Manuel Bethencourt

   

El anuncio de la abdicación del Rey Juan Carlos, conocida ayer, abrirá la puerta a miles de análisis, pero hay uno que ha abierto el fuego desde primera hora. Es el juicio a la Transición. El proceso democrático que permitió a España homologarse como una democracia europea comparable con cualquier otra -con sus virtudes y defectos- es contemplado hoy con otros ojos, la mayoría de ellos, cierto es, acompañados por el aroma inconfundible del oportunismo. El presidente Rodríguez Zapatero transformó su visión revisionista en una ley, la llamada de Memoria Histórica, que sin embargo caminaba en la buena dirección, al esforzarse en reparar las injusticias impunes del franquismo. Es cierto que Zapatero planteó esta estrategia, la batalla ideológico-cultural, ante la imposibilidad de abrir brecha en otros frentes que, como la economía, pasaron por encima de sus deseos e impusieron la pesada losa de una ortodoxia que, eso ya es otra historia, en realidad tampoco funciona. Las pretensiones del presente, al hilo de una noticia capaz de provocar segundas ediciones de los periódicos, van mucho más allá, y aluden a la conveniencia o no de aprovechar la salida de Juan Carlos I para abrir el melón del sistema político. ¿Monarquía o República?

En realidad, los impulsores de esta pregunta tienen clara su opción y tampoco la ocultan, y su empeño en provocar el debate era totalmente previsible. Una vez más prima el interés a corto plazo, y es cierto que, en tiempos de polarización creciente, política y social, el maximalismo tiene premio. Esta disyuntiva no llegará a plantearse, porque en el arco parlamentario son mayoría (aún) las fuerzas políticas que sostienen el actual modelo de Estado, quizá porque estas organizaciones fueron las principales hacedoras del milagro democrático que otros quieren desprestigiar desde su propia osadía e inexperiencia. La nostalgia de lo no vivido, las ganas de hacer la revolución que nos perdimos, es un poderoso alimento de los cerebros políticos, y España no es precisamente la excepción. La monarquía española es sin duda una institución desgastada por el paso del tiempo, los errores, la frivolidad, la coyuntura que nos hace dudar de casi todo. Recomponer ese legado es la tarea que emprenderá el nuevo soberano, sometido a un escrutinio diferente al de su progenitor, el manejo de la normalidad democrática en circunstancias extrañas por cambiantes. Aun así habrá que afirmar que Juan Carlos I hizo la tarea que se le encomendó, transformar un régimen siniestro para avanzar hacia una sociedad abierta y un sistema, insisto, tan malo o bueno como cualquier otro de Europa Occidental, lo que por cierto es decir bastante si hacemos un ejercicio de comparación con otras cosas que se ven por ahí a diario. Personalmente se lo agradezco.