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Luces y sombras >

Símbolos – Por Pedro H. Murillo

   

El grado de sometimiento y peloteo al que hemos asistido en los últimos días por parte de los dos grandes partidos políticos y la práctica totalidad de los medios de comunicación tras el anuncio de la abdicación del rey Juan Carlos ha ido mas allá de lo tolerable. Hasta se ha vuelto a repetir la censura de una portada de la revista satírica El Jueves, por cierto por segunda vez en la historia de la democracia. Lo cierto es que lo que me pide el cuerpo es república y un referéndum, pero me preocupa el estado de exaltación que estamos viviendo en los últimos días. Un grado de lujurioso nerviosismo atribuible por igual a la izquierda más reaccionaria y a los numerosos palmeadores y edecanes. Qué es necesaria una renovación democrática es una evidencia que cada día se clama a gritos en las calles, pero la serenidad debe imperar y por encima de cualquier consideración establecer prioridades. Creo que en estos momentos de abdicaciones y arrullos monárquicos nos estamos perdiendo en un debate estéril. En este sentido, creo fervientemente que la sucesión en una Jefatura del Estado, amparándose en el hecho meramente genético, es un arcaísmo urticante y sin embargo la república, como modelo de Estado, tampoco es sinónimo de democracia.

De ahí que resulte preocupante la polarización que se está suscitando en nuestra sociedad, lo que nos está impidiendo tener una perspectiva amplia de los problemas más urgentes. Para saldar este asunto, la república no es en absoluto sinónimo de democracia ni de izquierda. Por mucho que nos duela, en el índice de desarrollo humano los países de mayor calidad de vida se rigen por monarquías parlamentarias. Así tenemos a Holanda, Dinamarca, Bélgica y Noruega. Lo necesario en estos momentos cruciales no es centrar el debate en los simbolismos atávicos, sino en lo que realmente está desangrando a este país: un capitalismo salvaje, una soberanía nacional usurpada por las grandes corporaciones y el sistemático desmantelamiento de un estado social del que disfrutábamos sin que hubiera una relación directamente proporcional, para bien o para mal, con el modelo de Estado. En mi opinión, antes que diluirnos en modelos simbólicos deberíamos cambiar esa realidad brutal y tangible. Así las cosas, resulta indudable que estamos abocados necesariamente a un nuevo proceso constituyente que supere a una Transición que no puede dar todas las respuestas. Sin embargo, debemos respetar las reglas del juego y de la misma forma que resulta patética la postura inmovilista de parapetarse en la negativa de cambiar la Constitución, es imprescindible afrontar el proceso de forma serena y con la cautela necesaria que nos da la madurez de un país con 30 años de democracia a sus espaldas. Poco importa el modelo de Estado y ante un auténtico holocausto social, si no lo impedimos desde la modernidad y la cordura, poco importará si nos aniquilan siendo republicanos o monárquicos.