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A veces soy humano>

Tradiciones a la fogalera – Por Félix Díaz Hernández

   

En estas mañanas que todavía huelen a chamusquina de fiestas pasadas, es cuando aterriza en el aeropuerto del raciocinio la mezcla de imágenes, sonidos y recuerdos de lo que era la celebración de las hogueras de San Juan. Atrás quedaron los días previos de “limpieza” que hacíamos los pibes por los solares y los barrancos de Santos y San Joaquín. Las cuadrillas se reunían después del colegio y arrastraban todo tipo de bártulos por las calles. Detrás de la iglesia de San Gerardo crecía la pira funeraria que le esperaba a una especie de espantapájaros que esperaba, sentado en un viejo sillón de escay, a que termináramos la montonera. En pequeñas fogatas auxiliares nos entreteníamos y saciábamos la sed de fuego que nos acompañaba los días previos. Papas envueltas en platina e incluso algunas sardinas esperaban ser purificadas por la llama antes de ser devoradas. También algún pan se tostaba, o más bien se ahumaba, antes del gran momento, mientras más de un centenar de vecinos de la calle se sentaba en el murito y la cháchara colectiva subía de volumen. Varios incendiarios aficionados prendíamos la base de la montaña de maderas y cartones mirando de reojo, allá en lo alto, a un todavía sonriente Sanjuanito. Recuerdos, añoranzas, cosas de viejos pensarán ustedes, quizás sea eso. Pero es que asistir la noche del pasado lunes a fogatas de la chiquillería actual, por contraste, ha sacado a flote el petate de experiencias pasadas. Música electrónica mal mezclada con soplidos, que no con el sonido del bucio; salpicón de luces y pantallas de móvil en el horizonte; fuegos azules de butano reflejados en el mar; comida precocinada de mano en mano; cascadas de cocacola y mucho postureo Facebook. Qué quieren que les diga.
@felixdiazhdez