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Violentos – Por Jorge Bethencourt

   

Algunos cientos de bárbaros consiguieron cambiar el guión del ascenso de la UD Las Palmas a primera división. El espectáculo ante las cámaras de televisión fue sencillamente lamentable. Y como siempre ocurre, Canarias salió en el espacio de las cosas raras (accidentes, incendios y tragedias) que los medios estatales dedican a las desgracias que ocurren en ese espacio exótico que hay de Cádiz para abajo.

Alguien habrá echado cuentas de lo que le va a costar a Las Palmas no estar en el escaparate de la primera división. Seguramente mucho. Sólo en publicidad es incalculable. Pero incluso más que las pérdidas materiales ha sido un martillazo terrible en el espíritu de toda una afición que ya celebraba el ascenso.

Resulta patético ver después cómo todo el mundo se sale de la pandorga de la responsabilidad. La policía asegura que quien debía velar por la seguridad del espectáculo eran los vigilantes privados de la empresa de Miguel Ángel Ramírez (presidente también de la UD Las Palmas). Resulta chocante, porque yo he visto con estos dos ojos y un par de gafas un despliegue de Policía Nacional dentro y fuera del Santiago Bernabéu que, compadre, parecía que había más agentes que paisanos. Pero es que Madrid es otra cosa. Allí los vándalos no se atreven a poner la chancleta en el césped porque entre que los sacan y los ponen en la calle ya se van calientes para todo el invierno. Y a nadie se le ocurre abrir las puertas minutos antes del final de un partido de infarto, para que una manada de descerebrados se tiren al campo a chingar la borrega. Y hay policía.

Lo que vimos el otro día es el perfecto ejemplo de lo que pasa cuando una masa de fanáticos decide romper las reglas del juego. Estamos cultivando con todo esmero que la educación de muchos jóvenes esté salpimentada con la falta absoluta de respeto a la sociedad en que viven. Pegarle patadas a las papeleras o quemar contenedores son variaciones de una misma sinfonía. Son actos sin más sentido ni beneficio para el que los produce que la mera euforia de la violencia. Es una consecuencia de lo que respiramos en la basura audiovisual y una sociedad encrespada donde la brutalidad de las palabras es el pan nuestro de cada día y el paso previo a otra clase de violencia.