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Vitalidad democrática – Por Juan Manuel Bethencourt

   

Por si alguien albergaba dudas, la sociedad canaria se pronunció con claridad el pasado sábado respecto a la pretensión unilateral de la multinacional Repsol en busca de hidrocarburos por aguas cercanas a las islas de Lanzarote y Fuerteventura. Sobre este asunto, hay una cosa que debemos descartar, y otras dos a tener muy en cuenta. En primera instancia, no entremos en un choque de legitimidades. Las manifestaciones del sábado no representan, obviamente, a la totalidad del cuerpo social de las Islas, pero tampoco pueden ser desdeñadas mediante cálculos absurdos, como que, contabilizadas en las ocho islas donde hubo convocatoria, suman el 2,5% de la población del Archipiélago.

Infantilismos, no, gracias, que este es un asunto importante se esté o no en contra del petróleo. Vamos ahora con los elementos positivos de lo ocurrido en las calles. La convocatoria brilló por su homogeneidad, pues la gente participó en buen número incluso en aquellas islas donde jamás llegaría un hipotético vertido de crudo. Hacía tiempo que no se veía en Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas una marcha semejante. Por otro lado, la cita aglutinó en las islas orientales proporciones, estas sí, dignas de ser tenidas muy en cuenta. Fue, lo señalan los periódicos de la provincia hermana, la manifestación más importante jamás celebrada en Fuerteventura, un lugar donde no se puede decir que la gente sea pasiva precisamente; se podría afirmar incluso lo contrario, pues los majoreros, por razones diversas -desde la Legión a Tindaya- han incubado a lo largo de décadas una acerada cultura política. La marcha de Lanzarote superó con creces a la celebrada hace dos años, también para rechazar el proyecto petrolero de Repsol. De modo que este debate está vivo en toda Canarias, y esto es una muy buena noticia, porque nuestra tierra es mucho más que una amalgama de siete territorios insulares unidos (y separados) por el océano. Y si las manifestaciones fueron homogéneas en un aspecto, en su incidencia territorial, fueron diversas en el plano político y sociológico. Estuve en la caravana que desfiló por la avenida de Anaga, en compañía de otros muchos cargos públicos y militantes de Coalición Canaria, y por allí me encontré con otras muchas personas de afiliación política, sindical o cívica diferente de la mía, ciudadanos a los que respeto, pero con los que mantengo importantes diferencias sobre el presente y futuro de nuestra casa común. Pero en este asunto estamos de acuerdo, y por eso somos capaces de manifestarnos unos al lado de los otros, con respeto a los presentes y también a los ausentes. Lo que vimos el sábado fue, por tanto, un signo de vitalidad democrática. ¿Y qué tal si permitimos hablar al pueblo?

www.juanmanuelbethencourt.com
@JMBethencourt