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Alfredo Di Stéfano – Por Luis Ortega

   

Ningún héroe de última tecnología opaca el resplandor y magia del argentino que puso al Real Madrid y a la capital de la España de posguerra en los mapas mundiales. Nadie como él encarnó la aventura de esfuerzo y superación que transformaron a un pibe pobre en un ídolo de multitudes y nadie relativizó tanto el éxito y lo llevó con igual naturalidad que la pobreza superada por su calidad deportiva. Mi imaginario infantil se llenó con su figura robusta, su fortaleza y fondo físico que le situaban en las cuatro esquinas del césped, su entusiasmo sin tregua y su incontestable liderazgo, ganado con el ejemplo diario. Después, venía todo lo demás; era un portento en la administración de sus condiciones atléticas; con una velocidad más que sus compañeros y adversarios; imparable en carrera e imprevisible en el uno contra uno; golpeaba con precisión y potencia con ambas piernas; empleaba la cabeza, no sólo para anticipar o cambiar el ritmo y el rumbo del juego sino también para rematar con valentía y habilidad o despejar una pelota en su área; disponía de un saco de recursos técnicos que, en caso de necesidad, pasmaban a los futbolistas y a los espectadores pero, nunca, se permitía una exquisitez, o frivolidad, si estaba en juego el resultado; honrado, inteligente e ingenioso. Único. Al mito dibujado por la fabulación de la infancia y guardado en cromos en blanco y negro, se unió -por la intervención del entrañable Luis Molowny- el conocimiento de un personaje capital de la historia contemporánea, metido en el núcleo duro de los constructores del ocio planetario, que tantas pasiones despierta y alegrías regala cada semana; un sabio de la calle, tan certero como lacónico, un hombre agradecido a la fortuna redonda de un balón de cuero.

Con las luces y sombras que el coro y el entorno proyectan interesados sobre las biografías notables, en la hora de la partida quedan vestigios mezquinos de ingratitud y olvidos públicos, reparados por la generosidad y el talento de Florentino Pérez que aporta dosis de cordura y fair play al deporte rey. Pero, fuera de la amnesia imperdonable y el pasteleo, sobrevive, lógicamente, su huella luminosa, el recuerdo imborrable de quienes corrieron con él y frente a él, y el de las masas innumerables que gozaron de su memoria gracias al celuloide y al papel que amarillea en las hemerotecas. A mis hijos, que me preguntan muchas veces porque soy del equipo blanco, les respondo ahora con un nombre, con imágenes vivas o congeladas, con discos y papeles que personalizan, acentúan y abrillantan la nostalgia de un domingo sin fútbol.