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Ana María Matute – Por Luis Ortega

   

Quien más quien menos, todos hablamos de la inocencia porque, como la sangre o la patria natal, tiene que ver con las primeras imágenes y los primeros sentimientos. Pureza, sencillez, candor -cualquier voz limpia la comprende- Ana María Matute Ausejo (1925-2014) confesó, con su severa rotundidad que “la inocencia nunca se pierde del todo” y, de una tacada, defendió la magia de su literatura y, por ende, la complicidad, también mágica, de sus lectores. Evocaba con nostalgia su convalecencia de una patología infantil en el pueblo riojano de Mansilla de la Sierra, donde la convivencia con sus abuelos y la estrecha relación con las tradiciones y ritos del mundo rural despertaron su imaginación y dibujaron las situaciones, personajes y mitos de sus sugestivas fabulaciones.

De ese ámbito, donde alternaron, con paradójica naturalidad, la realidad más cruda y la evasión más necesaria, salió el admirable y Olvidado rey Gudú, su relato más bello y misterioso, escrito y aplazado durante décadas hasta su exitosa aparición en 1996. Desde enero de 1998, ocupó el sillón “K” de la Real Academia de la Lengua, a la que llegó avalada por “una narrativa vinculada a la sociedad de supervivencia”, con un realismo valiente y descarnado con el que fustigó sus vicios, servidumbres e intereses desde una ideología progresista y un compromiso “con la razón y la sensatez que pueden con el pesimismo”, que la acompañó en su larga existencia. De hecho, para un amplio sector de la crítica, el culmen de su escritura está en ese campo y, concretamente, en la trilogía Los mercaderes, integrada por Primera memoria, Los soldados lloran de noche y La trampa, con el telón de fondo de la Guerra Civil y la pulsión materialista de los protagonistas que aspiran a liberarse de la miseria. Hoy habría cumplido ochenta y nueve años y, hace exactamente un mes, sus amigos y admiradores la despidieron en un tanatorio de su amada Barcelona, donde construyó, honesta y libre, su vida y su obra, sin precedentes en las letras españolas: cuarenta títulos entre novelas, relatos cortos y “cuentos para lectores niños!”, que sobrepasan las fronteras del calendario y “cuantos premios se pueden lograr en este país”, incluido el Nacional de Literatura -por partida doble, pues valoró sus dos facetas- y el Miguel de Cervantes que, en 2010, fue por tercera vez para una mujer. (Antes lo habían logrado María Zambrano, 1988, y la cubana Dulce María Loynaz, 1992; y, después, en 2013, la mexicana Elena Poniatowska). Se fue una espléndida escritora y un ser humano inteligente y divertido, ajeno a la pulsión aldeana y al divismo nacional y nos dejó, como testamento, Demonios literarios, programado para septiembre.