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Bonapartes, partes y partidos – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

El comparar a los dos Napoleones en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx escribió que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa o comedia. Pero, igual que le ocurrió en tantas otras ocasiones, nos parece que el genial autor alemán estaba equivocado: la historia se puede repetir también como tragedia. Porque los resultados de las últimas elecciones europeas no son nuevos, ya se dieron en los años veinte del siglo pasado, aunque entonces no existía el Parlamento Europeo y ni siquiera la idea política de Europa. La terrible crisis económica de aquellos años propició en la primera postguerra europea el ascenso de los autoritarismos y totalitarismos de uno y otro signo; generó las revoluciones o intentos revolucionarios comunistas en Rusia, Alemania y otros países; las dictaduras en España, Portugal, Hungría y los Balcanes; y, en definitiva, condujo al poder a Stalin, Mussolini y Hitler.

Las clases medias, aterrorizadas por la crisis y en riesgo de destrucción y descenso social; los pequeños y medianos empresarios y comerciantes empobrecidos que se ven obligados a cerrar sus negocios; los empleados y obreros despedidos sin remedio; y las masas de jóvenes sin trabajo ni futuro son absolutamente incompatibles con la democracia. Y, además, la democracia les da lo mismo, porque para ellos es una simple palabra vacía de contenido real, que encubre la corrupción de los banqueros, los partidos y la clase política autores de su desgracia. Lo que buscan es alguien que les soluciones de verdad sus problemas, un conductor, un líder carismático, un padre. Y también un culpable, que pueden ser los judíos, los inmigrantes o cualquier otro colectivo suficientemente diferente.

Todos esos fantasmas recorren Europa de nuevo cabalgando la terrible crisis que nos asola otra vez y que parece no va a terminar nunca. Los europeos, en general, y los españoles, en particular, están atemorizados e irritados. Y ese miedo y esa irritación se reflejaron en las urnas europeas. Dando por supuesta una enorme abstención, llevaron al triunfo electoral a partidos de derecha y de izquierda extremas, a partidos radicales y antisistema, y a partidos contrarios a Europa y su Unión. Y condujeron a una paralela derrota a los partidos gobernantes e institucionales. En Francia triunfó la extrema derecha; en Grecia la extrema izquierda, pero con la extrema derecha en tercer lugar; en el Reino Unido los enemigos de Europa rompieron el perenne bipartidismo; la extrema derecha alcanzó buenos resultados en Flandes, Holanda, Dinamarca, Finlandia, Austria y Hungría. Y podremos hacernos una idea de la magnitud de esta debacle electoral si tenemos en cuenta que solo en Alemania, Italia y España triunfaron los partidos gobernantes. El Partido Popular español sufrió un duro -y bien merecido- correctivo, pero, al menos, ganó las elecciones desde el Gobierno. Y los socialistas, que triunfaron en Portugal estando en la oposición, conservan sus feudos de Andalucía -excepto Almería-, Badajoz y Asturias.

En España era previsible un importante trasvase de votos desde el socialismo a Izquierda Unida y desde el Partido Popular a Unión, Progreso y Democracia. En concreto, el ascenso de este último partido puede ser una buena noticia para la democracia española en cuanto obligue a los populares a moderar sus abusos de poder e introduzca un tercer partido nacional relevante en el sistema. Se presentaron como una alternativa madura frente al bipartidismo, una alternativa de regeneración democrática, transparencia y lucha contra la corrupción (son los únicos que han revelado su presupuesto de campaña electoral: 1,9 millones de euros). Cuestión distinta es que todo eso sea verdad. El problema, además, es que se trata de un partido que lidera con mano de hierro Rosa Díez y cuyos déficits de democracia interna nos tememos que son iguales o superiores a los de populares y socialistas. Y para ese viaje partidocrático los españoles no necesitamos equipaje.

La mala noticia son los buenos resultados electorales de Podemos, una formación antisistema producto de la crisis y de la desarticulación de la sociedad española. Su asamblearismo populista y su demagogia no son nada nuevo, ya están inventados y siempre han conducido a una pérdida de libertades, a la opresión ideológica y a un asfixiante control social. El referente, incluso financiero, es la dictadura venezolana, que, según han desvelado varios medios, les ha regalado más de tres millones de euros con la coartada de financiar supuestos proyectos de investigación. Muy mala noticia para la democracia española es este bolivarianismo de Podemos, cuyo líder reparte sus elogios entre el régimen de Nicolás Maduro, Cuba y la antigua Unión Soviética, y muestra preocupantes síntomas de inmadurez personal y política. Como escribíamos domingos atrás, muchos abstencionistas de ahora votarán en otras elecciones, y solo una parte de los electores que han abandonado a populares y socialistas lo han hecho definitivamente. Igual que solo una parte de los votantes de los partidos pequeños o emergentes les seguirán votando. Y la clave del futuro de nuestra escena política -y de nuestra democracia- está en la cuantía de esas partes.