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Cambiar sin reformar – Por Juan Henríquez

   

Cierto es que los lavados de cara en la política son bien recibidos por la ciudadanía. Una limpieza de obsoletos políticos no está por demás. Incluso me atrevo a proponer que aquellos-aquellas que se resistan a una retirada voluntaria, habría que aplicarles la ley de la destitución forzosa. Algunos hicieron, y hacen, de la política su carrera profesional, quiero decir que entraron más pobres que las ratas, y están forrados; los hay que se han hecho un patrimonio sólo al alcance de los ricos. Por consiguiente, tengo que decir que la aparición de nuevos-nuevas y jóvenes rostros, alivia el desencanto y desapego de los ciudadanos de la política.

Pero…, tranquilos, que no cunda el pánico, porque si de lo que se trata es cambiar de actores para interpretar la misma obra, será peor el remedio, que la enfermedad. Sería una tomadura de pelo si no se tuviera en cuenta la llamada de atención ciudadana en las pasadas elecciones europeas. No se trataba de propinar un severo castigo electoral a los dos grandes partidos, PP y PSOE, sino de señalarles la necesidad de provocar serios cambios en el sistema, tanto en términos constitucionales, cómo en el orden democrático.

De poco sirve dedicarle reproches a Pablo Iglesias, líder de Podemos, cuando él no ha sido más que el vehículo para que más de 1.280.000 ciudadanos expresáramos el cabreo y el desprecio que sentimos contra la clase política. Y por supuesto, de no responder al reclamo social de introducir las reformas constitucionales y democráticas, en los próximos comicios electorales nos encargaremos de liquidar el bipartidismo.

Que nadie se llame a engaños, esperar del PP y PSOE una regeneración democrática, readaptando el consenso constitucional de 1978 a los nuevos tiempos que corren, es una espera inútil. Nos corresponde a los ciudadanos tomar la iniciativa para conquistar la democracia real que el pueblo demanda.

Las próximas elecciones, al igual que en las pasadas europeas, serán el momento clave: ¡PP-PSOE no, gracias!