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la punta del viento >

Carlos Cabezola – Por Agustín M. González

   

Que mi primer compañero de trabajo, mi primer maestro en este mundo de la comunicación. Y casi un hermano. Hablo de Carlos Cabezola, un palmero de pro, entrañable, cascarrabias y singular que se hizo fotógrafo de prensa de rebote, al dejar su trabajo de toda la vida como mozo de farmacia, y después presentarse a las elecciones a alcalde de Puerto de la Crus al frente de la UPC , con el eslogan “Si quieres un alcalde con pistolas, vota por Carlos Cabezola”. Se fue ya hace 15 años, de manera prematura e inesperada. Lo recuerdo casi a diario porque de su mano, codo con codo, di mis primeros pasos en el periodismo, hace ya tres decenios. Éramos los corresponsales de El Día en el Valle de La Orotava. Compartimos cuatro años frenéticos y apasionantes. Formábamos un buen equipo: él con su experiencia y su olfato; yo con mucha ilusión y una energía inagotable. Nos complementábamos a la perfección. Todo lo que me faltaba a mí le sobraba a él. Aquella etapa fue la Facultad de Periodismo a la que no puede ir. La facultad de la calle, del oficio puro y duro que siempre pondera el admirado maestro de maestros Leopoldo Fernández. No parábamos la pata a bordo de su llamativo Opel tuneado con rótulos publicitarios.

Igual entrevistábamos a un Premio Nobel en el hotel Botánico, como asistíamos a la gala de la reina de las fiestas de Pinolere o salíamos a la mar con los pescadores del Puerto para hacer un reportaje de la pesca del palangre… Carlos me inculcó su afán de curiosidad por todo, su decisión para enfrentarse a las cosas, su inconformismo, su sentido crítico, su cercanía a la gente… La vida terminó llevándonos por caminos diferentes, nos separó. Pero nuestra estrecha amistad se mantuvo intacta, inquebrantable. Creo que siempre nos echamos de menos mutuamente… Hoy me apetecía escribir de Carlos, porque si estoy aquí ahora en buena parte es gracias a él. Bueno, y gracias también a Salvador, a Leopoldo, a De Pablos, a Ayala, a Cayetano, a Serrano, a Carmen Ruano, a Juanma, y a todos los demás maestros y compañeros que he tenido la suerte de cruzarme en esta profesión. De todos ellos, pero de Carlos Cabezola, especialmente, aprendí una cosa muy importante, aplicable a cualquier faceta: el trabajo siempre se hace mejor en equipo. Y para hacer un buen equipo hace falta gente buena. Como Carlos.