X
nombre y apellido >

Cesare Prandelli – Por Luis Ortega

   

Alguna vez la justicia resplandece dentro del azar y la paradoja de las competencias humanas. Así ocurrió con el Mundíal 2014, hecho a la medida de Brasil y de Argentina y ganado, con menos ruido y más eficacia, por la Alemania de Joachim Löw. A ningún futbolero le extrañó el final -con más emoción que calidad- pese al guineo tontorrón que, con este ocio de masas, se traen filosofillos y culturetas de lance. Este julio nos dio la oportunidad de sufrir el sonoro fracaso de la Roja y la falta de gallardía de sus máximos representantes: el cerebro esclarecido de Villar -ocupado en asegurar su poltrona con la complicidad de vientres agradecidos del centro y la periferia- y ese varón tan bueno e inútil que se llama Vicente del Bosque, cuyos pasados y brillantes servicios se pagaron con dinero de curso legal e, incluso, título de nobleza. Cuando Brasil, la favorita por decreto, cayó ante la selección germana y los holandeses, con su venganza pendiente, presenciamos la asunción de culpas, de los jugadores, que lloraron y pidieron perdón, y del entrenador Scolari que reconoció todas las responsabilidades. Sentimos sana envidia ante la actitud española que, más allá del desastre en los campos (donde se paseó como el fantasma de La Invencible, con igual pavoneo y ridículo) tuvo un colofón afrentoso con los expedicionarios en burda huida de los aficionados que, niños en su mayoría, les esperaron en Barajas.

Pedir coherencia, dignidad y elegancia a los culpables del descalabro es un acto vano, porque no lo hicieron en el momento adecuado y, desde entonces, se escondieron; que lo hagan ahora resulta improbable, extemporáneo y falso; y demandarles que observen los comportamientos ajenos es, sencilla y metafísicamente imposible, porque estos sujetos, con un par, alimentaron la propaganda triunfalista que llenó los prólogos del mundial brasilero y nada más. Envidiamos pues la honestidad, coherencia, valentía y estilo de Cesare Prandelli, el entrenador italiano que, tras su caída ante Uruguay, manifestó: “Asumo el error y me voy con la cabeza alta. No quiero que la gente piense que malgastamos el dinero de los contribuyentes o que nos lo llevamos crudo pese a haber hecho mal las cosas”. En coincidencia con un análisis tan oportuno y decente, Giancarlo Abete, presidente federativo, también dejó su cargo inmediatamente. Con la Roja, no ha pasado nada y si no que le pregunten al dúo de ignorantes o carotas y a la corte de medios y plumillas capaces de disculpar tamaño ridículo.