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Ciro Romero – Por Luis Ortega

   

Nos hallamos ante un joven, honesto e inquieto creador, convencido de su rumbo y empeñado en la elaboración de un universo propio, con claves accesibles para ganar la comprensión plena de los espectadores, y ocultas, para darles oportunidades y sitios en el juego; porque entiende y defiende el arte como un esparcimiento lúdico en pos de la belleza y sus significados, que son, esencialmente, lo mismo. Ciro Romero Manrique de Lara está entre los pintores que, a través de símbolos explícitos, plantea figuras y escenas, unas y otras fragmentadas a la orden de la composición y al gusto del autor. La intención es diáfana y encomiable: suscitar con una sola imagen dobles y triples lecturas (tantas como produzca el público) de modo que su vitalidad y vigencia vaya más lejos del destino fijado en su origen; en su caso, “la conexión con nuestro entorno, tangible o imaginado, por medio de la pureza de la anatomía”. Vinculado a las producciones plásticas más transgresoras, ideadas para instigar la máxima sensibilidad de los presuntos contempladores, se juntan en su equipaje los crípticos e irónicos recados de los muralistas románicos que, desde el ocultismo de los gremios, fueron pioneros de los alcances múltiples de una escena bíblica o una metáfora litúrgica; y, también, los ilustres maestros con nombre y apellido: el holandés Hieronymus Bosch, el milanés Giuseppe Arcimboldo y, en el balcón de la modernidad no superada, el belga René Magritte, el catalán Salvador Dalí y nuestro paisano Óscar Domínguez, por no hacer la lista más prolija. Anticipada en una colectiva de miniaturas, y en el hilo de estos influjos reinventados y depurados en una inteligente simplificación, Romero muta la percepción predeterminada de la realidad y con elementos vegetales (los árboles son capitales en sus construcciones) y anatómicos, asimilados para otras funciones, levanta paisajes de extrema limpieza y originalidad, amparados a veces por formatos que rompen las medidas convencionales y multiplican y agrandan las dificultades del reto.

Su militancia en un frente de tan largo recorrido histórico y proyección futura (que unos asociarán con el surrealismo y otros no) está avalada por su capacidad fabuladora y las virtudes de las que se vale para interpretarla: la seguridad de su dibujo, la exactitud de la pincelada -tan solvente en el detalle mínimo como decidida en la extensión o largura- y un rico repertorio de colores vivos y gratos, todos con una impronta inaugural de frescura, sin depender de la densidad o fluidez de sus aplicaciones.