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Claudio Sánchez Albornoz – Por Luis Ortega

   

Mis limitaciones técnicas no me impidieron retratar los monumentos que cautivaron a un chico de provincias en su primer viaje al continente. De Ávila, donde radiqué por causas familiares, guardo estampas que recreé, con el recuerdo en una estancia veraniega. Lanza contra los cielos de Castilla, la torre de la Catedral me restituyó, décadas después, la sorpresa primera y el paseo por el severo claustro me plantó ante la sepultura de Adolfo Suárez y su esposa Amparo Illana, homenaje a un querido estadista y no “privilegio feudal”, como señalaba, con mala leche, a unos franceses un guía petulante y mal encarado. A unos metros del matrimonio reposa, desde hace exactamente treinta años, el catedrático de las universidades de Barcelona, Valencia, Valladolid y Madrid, Claudio Sánchez-Albornoz y Menduiña (1893-1984), intelectual del exilio y ferviente católico, tanto como republicano, liberal y demócrata. Los turistas paraban en la tumba del matrimonio y huían, como de viña vendimiada, ante la del medievalista que, además de ministro, presidió la simbólica II República de 1962 a 1970. Militó en Acción Republicana y fue leal amigo de Manuel Azaña y aguerrido portavoz que postuló, sin reservas, las tesis socializantes, por la injusticia de la economía de los años treinta, y las demandas autonomistas, “porque España es una y múltiple”. Académico de la Historia, profesor en Burdeos y centros de América Latina, dejó tras sí una amplia nómina de historiadores fieles a su teoría de que la esencia española ya latía en los pueblos prerromanos que se asentaron en la península. Frente a esta tesis, Américo Castro -que residió la mayor parte de su vida fuera de su patria- sostenía, con abrumadora documentación literaria, que la singularidad hispana procedía, de modo fundamental, de la esencia cristiana, como casta totalmente diferenciada y contrapuesta frente a las culturas árabes y judíos. España en su historia, de Castro, y España, un enigma histórico, de Albornoz, alimentaron un brillante debate intelectual donde, como decía un destacado humanista que tuvo el mérito de ser buen amigo de los dos, “las razones estaban al norte y al sur”. Pero la soberbia y el prurito intelectual de los dos sabios impidió la cercanía, la síntesis y, desde luego, el entendimiento. Recuerdo que don Claudio, “un brillante cascarrabias con buen fondo”, como lo definía Constantino Aznar de Acevedo, con tres décadas de última residencia en la seo abulense, recibió todas las reparaciones, atenciones y honores en el gobierno de su paisano Suárez, por hermosa casualidad ahora muy cerca.