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Comparaciones odiosas – Por Francisco Pomares

   

Es que no aprenden: ayer era un ayuntamiento el que declaraba persona non grata a Soria, y hoy es el PP es el acusa a Rivero de promover la insumisión de las islas y de haberse convertido en un antisistema. Lego se rasgan ellos mismos las vestiduras por el desprestigio creciente de todo lo que suene a política y por la desconfianza de la gente hacia las instituciones. Aquí se convierte al adversario en enemigo, y al que no piensa como uno en non grato o antisistema. Sinceramente, me cuesta entender que se intente desprestigiar a Rivero comparándolo con Pablo Iglesias. No sólo porque tanto ellos como sus discursos se parecen como un huevo a una castaña con coleta, sino porque Pablo Iglesias puede ser muchas cosas -un hábil demagogo, un populista, un comunicador sin fondo- pero desde luego no es un referente sin prestigio: es un político que ha logrado sumar un millón largo de votos en unas elecciones en las que los electores se quedaron en casa, y lo ha hecho con un discurso nuevo, atractivo y utópico, capaz de ilusionar a centenares de miles de ciudadanos desencantados con la política. La derecha mediática española le dio a este joven profesor voz y carta de naturaleza, porque era un tipo crítico con la izquierda asimilada, y ahora esa misma derecha lo convierte en la representación de todos los males: se le acusa de chavista, de castrista, de frentepopulista, de antisistema, de anarquista.

Es realidad Pablo Iglesias es -simple y llanamente- un marxista. Un marxista moderno, más preocupado por construir una dialéctica de los que están abajo frente a los que están arriba -el formato hoy plausible de la lucha de clases- que por resucitar a la clase obrera como protagonista de la Historia, levantar el puño como un Pedro Sánchez cualquiera o entonar la Internacional. En ese sentido, el comunista ortodoxo que fue Pablo Iglesias ha evolucionado hacia un marxismo populista con vocación de ocupar el Estado con el apoyo de otras fuerzas de izquierda (no de destruirlo) y de cambiar desde él las reglas del juego, como intentó Salvador Allende en Chile con muy poca fortuna. Ese es el esquema clásico del marxismo moderno. Ya me dirán en que se parece ese discurso o esa intención a lo que mueve a Paulino Rivero, cuya preocupación fundamental es (es hoy y era ayer y seguirá siendo hasta el 12 de septiembre) encaramarse al tercer mandato.