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Concentración y ascenso – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Los grave incidentes que se produjeron al final del partido entre la UD Las Palmas y el Córdoba en el Estadio de Gran Canaria hace quince días han producido una intensa alarma social en todo el Archipiélago, al mismo tiempo que han contribuido a deteriorar la imagen exterior de Canarias y de los canarios. Como se suele decir, lo que nos faltaba para cerrar un pésimo balance de temporada. En correspondencia con esta repercusión social, los incidentes han sido ampliamente difundidos y comentados en los medios desde una variedad de puntos de vista (entre ellos, un esclarecedor -y necesario- editorial de este periódico). En definitiva, se trata de unos hechos que trascienden el ámbito meramente deportivo y cuestionan gravemente -y descalifican- nuestra actual realidad social. Porque también en Tenerife y en las demás Islas sufrimos idéntico problema, y podríamos haber sido víctimas de similares comportamientos. Y porque estas nefandas actuaciones no se limitan a las competiciones deportivas, e incluyen condenables alteraciones de fiestas, carnavales, conciertos y otros actos públicos.

En el terreno estrictamente futbolístico, lo sucedido implica que el equipo amarillo seguirá un año más en segunda división (una desolada -e ingenua- aficionada decía en televisión que había que repetir el partido); que la entidad ha sido sancionada con una multa cercana a los doscientos mil euros; y que el Comité de Competición no ha cerrado el estadio, como se temía, aunque ha apercibido de clausura en caso de reincidencia. En el terreno legal, La Fiscalía de Las Palmas ha abierto diligencias para investigar la posible comisión en los incidentes de presuntos delitos de perturbación del orden público, lesiones, daños y hurtos, si bien el fiscal jefe no considera que la UD Las Palmas colaborara “de forma necesaria o activa” en un delito, y opina que los incidentes deben ser investigados por vía administrativa, a partir de la Ley del Deporte y sus organismos. Y en el terreno de la anécdota, habría que buscar en las hemerotecas, porque nos parece recordar que en los primeros años setenta también se produjeron unos graves incidentes al final de un partido entre los mismos equipos en el viejo Estadio Insular. En esa ocasión, fue la actuación arbitral la que generó enfrentamientos callejeros en los alrededores del estadio con la entonces Policía Armada, enfrentamientos que algunos convirtieron en políticos, con lanzamiento de octavillas y panfletos incluido.

La juventud de la práctica totalidad de los protagonistas de los incidentes nos lleva a preguntarnos por sus valores y su formación; por su educación afectiva, cívica y social; por su desubicación comunitaria, que muestra -y demuestra- la descomposición de algunas de nuestras estructuras sociales. Como advertía el editorial del pasado domingo, no podemos aparentar que no pasa nada. Y lo que pasa es que estos jóvenes son representativos de unos sectores sociales marginales y desintegrados, que no comparten nuestros valores y principios, nuestras ideas y creencias, por expresarlo con palabras de Ortega. El proceso se denomina socialización. Desde que nace, el niño absorbe los valores y las creencias de su cultura, su lengua, su manera de enfrentar la vida y la sociedad. Y todo esto le es transmitido por los llamados agentes de socialización: sus padres, en especial su madre, su familia, sus vecinos, sus compañeros, sus cantantes y actores favoritos. Una cadena cuyo último -y muy poco influyente- eslabón está en la escuela.

En este país confundimos educación con enseñanza. Y nos olvidamos que un niño a los diez o doce años ya está plenamente socializado -educado- en unos valores (o desvalores) y ya es un proyecto acabado de lo que será en el mañana. Nos olvidamos que los valores y los principios se absorben del entorno y de los referentes sociales, y no se pueden enseñar, como se enseña matemáticas o historia. Y que maestros y profesores bastante tienen con intentar enseñar sus materias, entre la incomprensión y la indiferencia de la sociedad, y la animadversión -y las agresiones- de padres y familiares. No se puede esperar mucho cuando los agentes de socialización radican en un barrio marginal en el que no entra ni la policía. No se puede esperar mucho cuando el niño -el adolescente- ha aprendido a contar calculando lo que cuesta una dosis de droga o lo que hay en una cartera que acaba de robar a punta de navaja.

La frustración del ascenso tuvo unas importantes consecuencias económicas negativas que afectan a toda Canarias y no solo a Las Palmas o a Gran Canaria. Se calcula que el club dejará de ingresar directamente en torno a doce o quince millones de euros por no jugar en primera, pero el efecto multiplicador para la Isla y para toda Canarias transforma esa cifra en una muy superior. Es fácil suponer lo que supondría tener a los dos equipos canarios en primera. Y eso nos lleva a preguntarnos por qué hemos aceptado que el Tenerife perdiera al final siete partidos consecutivos, una parte de los cuales le hubieran llevado a luchar por el ascenso. Y también nos lleva a destacar que los problemas de la UD venían de atrás, con el consabido cambio de entrenador. ¿Por qué los incidentes desconcentraron a sus jugadores y no desconcentraron a los del Córdoba?