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Doblajes – Por José David Santos

   

El actor Andy Serkis ha declarado que tardó más de seis meses en dar con el tono de voz ideal para su personaje de César, protagonista de la película El amanecer del planeta de los simios. Seis meses de duro trabajo para hacer creíbles las expresiones y matices emocionales del citado simio en un filme que está arrasando en las taquillas de medio mundo, incluida España. De hecho, el trabajo -y la película en general- de Serkis está siendo muy bien visto por la crítica, pese a tratarse de un producto destinado, principalmente, al entretenimiento puro y duro. Lástima que en España ese enorme trabajo de medio año del actor británico no se pueda apreciar -salvo, si las hay, en las salas donde se ofrece en versión original-, y es que el doblaje (lleno de artistas también) se llevó a cabo apenas en unos días. A lo largo de la historia del cine son múltiples los ejemplos similares que la mayoría de los españoles nos hemos perdido, como el famoso acento de Brooklyn de Robert de Niro haciendo de mafioso o taxista con ida de bola, o el de Meryl Streep, especialista en la materia, en el papel de diversos personajes que requerían interpretar, también, a través de la voz. Lo relevante de la cuestión -si lo hay- no es que no apreciemos mejor el trabajo de estos actores y actrices, sino el desprecio que se cuela hacia una labor tan ardua. No pasa solo en lo cinematográfico, sino en tantos otros aspectos de la vida que a uno le lleva a pensar que hay esfuerzos inútiles, no por el valor en sí del mismo, sino por cómo lo perciben los demás. En estos días de inmediatez, donde lo de hace unos minutos puede ser tan viejo y caduco como lo de hace treinta años -al menos, en la memoria colectiva-, es tal el ritmo de destrucción de discursos e ideas que empieza a ser la norma la simpleza, lo llano, aquello que no establece fundamentos, que no se asienta en un trabajo elaborado, sino en todo lo contrario, una superficialidad tan angosta que nada hay que rescatar o que valga la pena. La política, por ejemplo, se regenera a base de titulares sin cuerpo de texto; mediante discursos llenos de palabras, pero sin razones; a través de personas que articulan perfectamente sonrisas y encadenan sujetos, verbos y adjetivos de manera eficiente y hasta efectista, pero que no dicen nada. Es como si todo a nuestro alrededor se estuviera vaciando de consistencia y se llenara de aire. Pasa como con el trabajo de Serkin, que siendo tan complejo, tan perfeccionista, tan lleno de virtudes para hacer más realista a un simio que sufre de humanidad, se queda después en un rápido y efectivo doblaje.