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Eduardo Yanes – Por Luis Ortega

   

Resulta sorprendente y edificante que, en horas bajas para la cultura, irrumpa en el verano de Santa Cruz un artista de tanto impulso y rebeldía. Con su personalísima reflexión sobre la realidad, Eduardo Yanes no sólo busca consolidar su estilo sino que, a la vez, nos resitúa en las distintas vertientes, o etapas, que los críticos conceden a las figuraciones que, desde la segunda mitad del siglo XX, combatieron el expresionismo abstracto o cohabitaron con él. En esa lucha sin tregua o pacto sin sangre, el hiperrealismo – movimiento al que se suele adscribir el pintor tinerfeño – tomó prestados argumentos y recursos de antigua y nueva vigencia que, en apretada síntesis, nos enseña en ArteGalería durante este mes de julio.

Así tanto asume el reto manierista de las composiciones osadas y los equilibrios inverosímiles que anticipó proféticamente los horizontes del arte moderno como, en un derrotero libérrimo, bebe en el historietismo y, más aún, en las fuentes limpias del fanzine para proponer escenas sin ataduras, mensajes directos con propósitos críticos, ideológicos y morales pero sin el lastre de las imposiciones dogmáticas o el peligro de las reducciones a propaganda. En una franca declaración de principios, Yanes apunta sus excelentes maneras en un atractivo abanico con la base común de la exigencia y los incentivos diversos que se despliegan en el país; así se explican sus alegatos pacifistas, con vocación precisionista y alternancia de carbón y color, y sus denuncias sociales en paisajes urbanos hermosamente vetados al viandante; sus secuencias de gran aliento, varias con el fundamento cinematográfico del primer plano, los procesos paralelos de magnificación y miniaturización y el énfasis representativo en relación con los entornos difusos, imprimaciones cromáticas ajenas a la huella del pincel, que eluden cualquier relieve o exceso de materia y condenadas a completarse fuera del área fijada o, en contraste con la superficie pulida, planos y fondos labrados como reconocido débito al informalismo. Acaso porque la lluvia, incluso la ácida, ha caído tan abundantemente sobre la vida y el arte, nos atraen tanto sus inteligentes propuestas que, contra el radicalismo inaugural del hiperrealismo, parten del deliberado contraste entre la exactitud de los detalles frente a la irrealidad elaborada de los efectos espaciales y, en suma, del ideal eterno de diferenciar el objeto real – la persona, la máquina, la circunstancia temporal o natural – y la imagen procesada por el creador.