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El espacio – Por Domingo – Luis Hernández

   

Una cosa se deduce de lo que los hombres somos: la mirada sobre el espacio. Es una de las cuestiones que estudia la psicología infantil, por ejemplo: el terror de los nacidos por lo que está más allá de su cara cuando comienzan a ver. Y uno imagina a los seres primitivos apostarse en lo alto de una montaña para mirar el más allá.
Que desde siempre los seres humanos hayamos tenido el apremio o el capricho de dominar el territorio, asimismo nos define; construir es uno de nuestros signos. Para guarecernos de las adversidades o para guarecernos de los enemigos. Y en todas las culturas altas siempre la sabiduría está acompañada de éxitos arquitectónicos rutilantes. Así, si el divino dios Quetzalcóatl enseñó a los aztecas a construir templos, es porque esa es la imagen que Dios precisa mostrar a los fieles: pirámides para el rito, los sacrificios, la manifestación divina y para constatar lo que nos identifica: las plumas del quetzal en la cúspide, en la zona que mira y toca el más allá, y la serpiente que se arrastra por el suelo; hombre-cielo, hombre-tierra. Cuando el dios de la guerra Huitzilopochtli señaló al águila comerse a la culebra, los aztecas inventaron la ciudad de Tenochtitlan, en la que vivieron más de 500.000 habitantes. Por sus conocimientos de ingeniería, estaba construida en una laguna, dentro del agua. Se transitaba por canales (como en Venecia); se cerraban portones para separar o para defenderse. Eso vio y sufrió Hernán Cortés en la primera entrada, allá por el año 1520. Los aztecas decían que habían construido esa enorme y prodigiosa ciudad porque el Dios Sol les impuso probar sobre la tierra el reflejo supremo del cielo. Luego, cuanto más aplicados, mejor. Y así lo hicieron, ciudad de tezontle y de columnas de jade, ciudad de oro y de flores, ciudad decorada con pinturas, ciudad del divino rey y de sus dioses. Maravilla de maravillas, cual reconoció el susodicho Cortés antes de destruirla.

Fácil es deducir que los antiguos mexicas recrean, adornan, proyectan inteligentemente su pensamiento para reconocerse. Porque, como ocurre con Shibam, la ciudad de Hadramawt, en Yemen, si Tenochtitlan está construida allí (en donde hoy está México, D.F.) es para protegerse de los enemigos.

Pero lo excepcional, lo sorprendente, ya digo, es esa capacidad de los hombres para arruinar el vacío espacial (a veces de manera aberrante, como sabemos por algunos de nuestros pueblos en zonas turísticas). Incluso para proponer la construcción como juego, para mostrar el ingenio, más de una vez perverso, a fin de compartir, a fin de invitar a otros hombres al recorrido. El laberinto, esa enseña singular de los humanos que se arrastra por los siglos, que funda mitologías (como la del Minotauro) y que es una de las prendas más amadas de la literatura. A Poe remito, a Borges y al listo Umberto Eco.

Por eso cuando el Renacimiento alumbró la mente de los occidentales, la manifestación dicha cumple con la figura: señalar la riqueza, señalar el poder; los rutilantes palacios de Florencia, la deslumbrante revelación del Vaticano o las supremas mansiones de Londres.

Que el Barroco diera la vuelta a ese dilema del yo ensimismado, es lo que devuelve al espacio a su condición: sujeto diminuto en medio de la bastedad. Eso fue lo que ideó Rubens; eso somos: castillos, torres ingentes (cual proclamó el Gótico), metrópolis monstruosas, laberintos de pérdida, rascacielos… que el tiempo devastará. Solo el espacio resiste; los hombres… pobres sucesos.