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Futuro – Por José David Santos

   

De repente miras un rostro conocido, incluso familiar, y descubres el paso del tiempo en él, con surcos en su cara que antes no estaban y que han ajado su mirada y su sonrisa. Te preguntas qué le ha pasado y si a ti, en el espejo de los ojos de los demás, te ocurre lo mismo. Y es que el tránsito de la juventud hacia otra cosa hasta que llegue la vejez viene acompañado de un proceso físico que nos delata. La piel no es tan tersa y la experiencia de lo vivido, sobre todo de lo malo, se asienta en el frontispicio que presentas al mundo cada mañana. Pero, dentro, no te lo crees; aún hay demasiado vértigo, demasiadas incógnitas, demasiado deberes por hacer como para decir que ya vas rumbo a la madurez o que has aterrizado en esa edad en la que se supone -más bien se suponía- tenías que tener las riendas bien sujetas.

Andamos por la vida como si todo fuera presente. Esa es la gran amargura, la gran mentira que nos han inoculado: malvive para vivir mejor… en el futuro. Porque malvivir no es solo pasar necesidad, que lo es, sino desperdiciar la vida en sí. Por eso es tan injusta la desigualdad, por eso es tan hipócrita el sistema que nos engaña indicando que existe la igualdad de oportunidades. Por eso, sin más, envejecemos antes de tiempo. No hay poso y sentimos aún todo aquello que la inseguridad de la pubertad nos transmitía. Sí, son preocupaciones del ser humano moderno -en Gaza o Sudán la prioridad es sobrevivir a la barbarie humana y esto importa nada- pero que atenaza a demasiados. En el banco, en la consulta del médico, en la policía, en los juzgados, en las redacciones de los medios de comunicación, en los consejos de administración, en las centrales sindicales, en los plenos municipales, en los ministerios, en la venta de la esquina, en el asiento de al lado en la guagua, en todos lados reina la inseguridad del adolescente que dejó de serlo hace varias décadas. El miedo no es otro que el de que se les aplique aquello de la obsolescencia programa de neveras o lavadoras.

Hace unos días me crucé con un conocido que me saludó con canas inesperadas. Hablamos apenas unos segundos con el protagonismo de un “vamos tirando” con ecos de amargura. Lo vi más viejo, lo vi perdido como cuando teníamos 14 años; y nos engañamos posponiendo la conversación a un encuentro futuro.

@DavidSantos74