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Gregorio Prieto – Por Luis Ortega

   

Un tour castellano con etapas en Argamasilla de Alba -donde estuvo recluido Cervantes y radica la Fundación creada en 1968 – y Valdepeñas -sede del Museo Gregorio Prieto- me conectaron con el “verso suelto de la Generación del 27”, nexo de nombres y pagados egos, lidias de ingenio y aversiones puntuales que barrió con humor y disparate. Gregorio Prieto Muñoz (1897-1992) se formó en la Academia de San Fernando que, lo acogió como miembro honorario a los noventa y tres años y, en la primavera, le homenajeó con una original exposición fotográfica. Una hermosa paradoja porque, pese a su fascinación por esta técnica, jamás sostuvo una cámara en sus manos, aunque posó para profesionales en retratos y escenas de gran osadía y belleza. A través de ellas, y de una interesante labor de collage, elaboró una biografía imaginaria que se inició durante su residencia como pensionista de la Academia de España en Roma entre 1928 y 1933.

En estrecha colaboración con su amigo Eduardo Chicharro -también becario en la capital italiana y con altos conocimientos especializados- Prieto concibió audaces instantáneas con lecturas personales del paisaje y del arte clásico que le tuvieron como protagonista común; en ese carácter apareció entre ruinas venerables y estatuas clásicas, en jardines románticos y en estancias desnudas donde los enseres y objetos cotidianos construyeron un ámbito clásico a su alrededor. En esta peculiar dedicación a la fotografía, como “ideólogo y modelo”, según sus propias palabras, se reflejaron sus admiraciones y afectos por la cultura helenista – que no fue un sentimiento común entre sus compañeros de generación – y su compromiso con las vanguardias de entreguerras. Viajero por mandato y vocación, aprovechó al máximo la oportunidad que Ramón María del Valle Inclán dio a los jóvenes que, disconformes con la cansina y pesimista cultura del noventayochismo, asumieron la libertad creadora y la provocación como herramientas de cambio. Entre 1936, cuando Franco encabezó el levantamiento militar y 1947, cuando regresó a España siguió con su programa estético, influido ya por el drama que enfrentaba cruelmente a sus compatriotas. En esta segunda parte de su narcisista aventura gráfica contó con la colaboración del escultor Fabio Barraclough. Finalmente, un largo y minucioso proceso de recortes y añadidos configuró esta inédita producción que se mostró, con gran éxito de público, en la madrileña Real de Bellas Artes y cuyos fondos se custodian en “la capital del vino castellano”.