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De impostores – Por José David Santos

   

La vida sitúa en ocasiones a los actores sobre escenarios inesperados. Son muchos los que en determinados momentos se revelan inseguros ante un empleo, una responsabilidad o un compromiso, como si el papel que te tocase jugar no estuviera diseñado para ti, como si el destino -ese ser ignoto, pero que todos mentamos como justificante de los que somos o hacemos- jugara a la baraja y se mezclaran los mazos. Normalmente, dado el paso, todo es seguir andando. Siempre cuento que cuando sales a actuar a las tablas de un teatro los miedos y ansiedades pueden ser paralizantes, pero puesto el pie ante el público toda esa inseguridad queda atrás. Pues el símil sirve para casi todo en la vida: quién no ha sufrido el primer día en un nuevo puesto de trabajo; quién no ha titubeado en una primera cita; quién no ha sentido vértigo al asomarse, en general, a algunos acantilados; y, con todo, ha seguido con la representación. Pues ahí, en ese miedo escénico reside a veces el empuje de los que, al final, salen adelante, como si la prudencia o el cuestionamiento ante lo desconocido fuesen la base para que, después, el arrojo, la ambición o la fortaleza aparezcan. El éxito o no de la empresa… esa es otra cuestión, pero la duda es una arista afilada y necesaria.

Los hay soberbios sin más, y no se les niega el éxito, pero sus fracasos suelen causar más estrépito. En lo público no hay nada más peligroso que un osado ignorante, porque lo segundo se puede solucionar, pero, normalmente, la citada combinación lo impide. Por eso, ahora que se pone de moda la regeneración de lo público; los nuevos modos de hacer política; la necesidad -real- de cambiarlo casi todo; la ansiedad por descubrir nuevos rostros y discursos; ahora, es indispensable tener más presentes a los que se sienten, aunque no lo sean, impostores en su papel, que a los que realmente lo son. Debemos como sociedad exigir argumentos, reflexiones, maduración de ideas, cambio de pareceres si se descubre que algo es errado… porque si no, volveremos a lo de antes, a lo de siempre; eso que sabemos ya que no funciona y que no nos creemos. Huyamos de los pechos hinchados de orgullo y hagamos más caso a las miradas inteligentes.

Algunos valdrán, otros no, pero, insisto, seguramente aquel que temblaba entre bambalinas saldrá adelante mejor y más rápido ante un error, que aquel otro que, ufano, decía sentirse relajado porque “nunca pasa nada”. El primero seguro que visualizó todos los abismos. Y sobre abismos andamos.

@DavidSantos74