X
La última >

Informe de coyuntura – Por Jorge Bethencourt

   

España es, como bien escribió Azaña, una vasta empresa de demoliciones. En lo tocante a la destrucción no tenemos rival. Más que literatura sabemos hacer crítica literaria. Y más que política, cementerios. No quiero que les de un esguince volviendo la vista atrás pero quédense con la copla de que en este país siempre hemos tenido sobreabundancia de iluminados y salvapatrias. Nada escapa por mucho tiempo a la corrosión del inconformismo nacional. Todo el mundo opina de los frutales de la huerta del vecino, aunque la suya sea un erial. Y en general la convivencia ha naufragado en los excesos de las pasiones encontradas, que siempre acaban llamando a gritos a la autoridad competente. Por eso fue tan llamativa la pacífica transición española y tan excepcional el largo periodo de libertades democráticas que llevamos vivido. Pero como la jodienda no tiene enmienda, la España invertebrada ha vuelto a descojonarse por el título octavo de la columna vertebral de la Constitución. Cataluña quiere mandar al resto de la Península ibérica a freir puñetas.

Y detrás se apunta el País Vasco. Los nacionalismos cerriles de la periferia compiten con el cerril nacionalismo español en un pulso donde gane quien gane habremos perdido todos. Y como éramos pocos parió la abuela una nueva pléyade de populistas que intentan auparse a lomos de un pueblo harto, expoliado y escandalizado intentando “cambiar el sistema”. O sea, apropiarse del Estado y convertirlo en una perfecta sociedad de iguales; un gulag donde la chusma neocapitalista sea adecuadamente “reeducada” en centros especializados. A la primera tormenta sería que hemos pasado ya está el pasaje -no sin razones- amotinado. Estamos en la Europa de las sociedades más desarrolladas. Tenemos una economía importante y un peso internacional que ha subido muchos enteros en tres décadas. Pero en el fondo del barril habitan los viejos fantasmas de siempre. El energúmeno que vocifera en el bar poniendo a parir a Del Bosque es el mismo que se extasiaba con levitar teresiano cuando fuimos campeones del mundo. Los vicios que critica en los que mandan son los suyos. Nunca supimos ganar. Y nunca aprendimos a perder. Y mira que es raro porque hemos perdido tanto y tantas veces que la única guerra que ganamos fue la que nos hicimos a nosotros mismos. De nuevo la voz de la razón y la sensatez parece ahogada por los gritos. Vamos camino de perder de nuevo. El rumbo.