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A la izquierda y al fondo – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

La fecha y el momento político elegidos para la abdicación de don Juan Carlos estuvieron condicionados por la crisis del Partido Socialista y la marcha de su secretario general. Al parecer, la decisión estaba tomada desde el mes de enero, había sido pactada con Rajoy y Rubalcaba, y se iba a hacer efectiva después del verano, a principios del curso político. Sin embargo, la situación socialista precipitó las cosas. Era necesaria la colaboración irrestricta de los dos partidos institucionales -y constitucionales-, y los posibles futuros dirigentes socialistas no ofrecían las mismas garantías de mesura ni el mismo sentido de Estado que Rubalcaba. Izquierda Unida y el Partido Comunista han roto el pacto sobre la monarquía y la bandera que aceptaron Santiago Carrillo y Marcelino Camacho, y que hizo viable la Transición, y nada garantiza que el nuevo PSOE lo vaya a respetar. Ya se oyen voces republicanas en su seno y, ante el ascenso de la izquierda radical y el fenómeno del populismo salvaje de Podemos, muchos socialistas se plantean la necesidad de un giro a la izquierda. El zapaterismo dejó una huella excesiva en el partido, y así le va.

Las primeras decisiones de Pedro Sánchez corroboran esta impresión. El secretario general electo por los militantes, que será ratificado en el próximo Congreso Extraordinario del partido a final de mes, ha empezado por obligar a sus 14 eurodiputados a romper sus compromisos previos de apoyar la elección del popular luxemburgués Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión Europea, a cambio de un reparto en los cargos que tienen que ser provistos a partir de ahora como consecuencia de las elecciones europeas del pasado mayo. Es decir, ha antepuesto los intereses socialistas a los intereses españoles. Al igual que su principal oponente, Eduardo Madina, Sánchez carece de personalidad política propia e identificable porque no ha desempeñado nunca tareas de gobierno ni de gestión. Es un casi desconocido surgido de la nada política, sin experiencia pública ni bagaje intelectual destacables, y convencido de que la salvación del partido está en el mimetismo con Podemos e Izquierda Unida. El recuerdo del perfil de Rodríguez Zapatero se impone.

Leopoldo Fernández escribía el domingo pasado que el propio Felipe González ha advertido sobre el peligro de descomposición del partido y de su conversión en una formación marginal si llegaba a alcanzar la secretaría general uno de los dos “candidatos de cartón-piedra”, como denominaba a Sánchez y Madina. Y José Félix Tezanos también ha utilizado el símil del cartón-piedra para calificar los débiles liderazgos socialistas. Porque ni Sánchez, ni Madina, ni el tercer candidato, Pérez Tapias, han aportado durante la campaña electoral iniciativas o ideas destacables más allá de los manidos tópicos que ahora circulan en todos los discursos políticos y hasta en todas las tertulias.

Pedro Sánchez propone retrasar las primarias abiertas previstas para elegir al candidato socialista a la presidencia del Gobierno en las próximas elecciones generales. Y en eso tiene el apoyo de los llamados barones territoriales del partido, que, además, avalan que el candidato sea el propio Sánchez. Porque el más elemental sentido común aconseja no repetir la bicefalia de 1998 entre Joaquín Almunia y Josep Borrell, un disparate que concluyó cuando Borrell fue obligado a renunciar en favor de Almunia, debido a la falta de apoyo de la dirección partidista y, en particular, al escándalo de fraude fiscal de dos antiguos colaboradores suyos cuando era secretario de Estado de Hacienda, que la misma dirección, más partidista que nunca, se encargó de orquestarle.

Para entender la situación socialista debemos hacer memoria y recordar los años finales del franquismo y primeros de la Transición. La fractura entre los socialistas del exilio y los del interior se había hecho cada vez más intensa, y eclosionó en el Congreso de 1972, en el que Rodolfo Llopis, el secretario general exiliado, perdió su cargo en beneficio de una dirección colegiada, que en el Congreso de Suresnes de 1974 se concretó en Felipe González. Entonces también se propugnaba una renovación del partido y otras formas de acción política. El proceso dio lugar a una escisión en dos organizaciones que reclamaban la legitimidad de las siglas, el PSOE histórico y el PSOE renovado, enfrentamiento que dirimió la Internacional Socialista a favor del segundo. Una Internacional Socialista que, paradójicamente, Llopis había ayudado a recrear al firmar el Acta de Frankfurt de 1951.

El apoyo de la Internacional Socialista fue una consecuencia directa del apoyo del poderoso Partido Socialdemócrata alemán y de su Fundación Ebert. Un apoyo político y, sobre todo, financiero, condicionado a que el PSOE renovado abandonara las posiciones revolucionarias y maximalistas del exilio y la Guerra Civil, y ayudase a construir una democracia en España desde la moderación del centro izquierda y el pacto con el centro derecha. Si Pedro Sánchez pretende romper esa moderación, se olvida de que Podemos ya está inventado, y dirige al partido hacia la izquierda extrema, lo estará conduciendo hacia el fondo. Y si el partido toca fondo, a lo peor no puede recuperarse.