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Joep Lange – Por Luis Ortega

   

Alguna vez creí que este oficio obraba con la radiante fuerza del rayo para disipar, en el segundo preciso, las zonas de sombra de cualquier misterio o incidente. La fe joven, que siempre dibujó montañas móviles, da paso con la edad a la leve esperanza sobre la verdad tardía, con avales amarillos y cansancio cierto, que sólo cubren curiosidades amortizadas y cuadrículas de crucigramas. Desde esa convicción, poco alegre, sigo el duelo familiar por casi tres centenares de víctimas inocentes, viajeras de un Boeing 777 con destino a Kuala Lumpur y abatido sobre Ucrania, y a la cansina y patética petición de responsabilidades, demandadas, desde el presidente USA para abajo, por un grupo de estadistas de fácil conformidad. Al denigrante espectáculo de una Europa ridícula y una comunidad internacional que deja en pañales la inutilidad de don Tancredo, un uso taurino de mayor éxito que la tortilla española y la siesta. La crisis de Ucrania es otra versión de la infamia de los Balcanes y una prueba patética de la coña de la UE y de la disolución, como un azucarillo moreno, del prefabricado Obama, frustrado adalid del orden internacional y el más precoz e inútil Nobel de la Paz, ¡que ya es decir!. Ahora estamos en la letanía de acusaciones, más o menos directas y excusas, de mentiras flagrantes y distracciones, de elusión de culpas y de pantomimas de investigación que, sin resolver nada, ofenden la memoria de las víctimas inocentes de distintas nacionalidades, entre ellas, unos ochenta niños. Como telón de fondo de la tragedia sin salida está el futuro de Ucrania, y los caminos opuestos que van desde la ilusión por una Europa, lamentablemente experta en mirar a todas partes menos a los focos de sus conflictos y, deshecha la imposición de la URSS, el retorno a la Gran Rusia que alientan Putin y su imparable legión de millonarios. Como daños colaterales, los más injustos y gravosos, la muerte de un centenar de expertos en la lucha contra el Sida, la pandemia que asola a los pobres y a los marginados a caballo entre dos siglos; científicos que, algunos con sus familias, viajaban a Australia para asistir en Melbourne al XX Congreso Mundial, tal vez con soluciones o paliativos en sus cartapacios y, en cualquier caso, con probadas voluntades de aliviar penas a una humanidad castigada y descreída. Entre ellos, el holandés Joep Lange (1954-2014), presidente que fue de la IAS, fustigador de falsarios y laboratorios y descubridor de un compuesto probiótico que podría actuar sobre el VIH.