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José Cadalso – Por Luis Ortega

   

Dentro del descrédito o, por lo menos, la desconfianza que suscitan las instituciones entre la hastiada gente del común, la Guardia Civil, recuperada de añejos estereotipos, se libra de la sospecha general que afecta a la política -gobiernos y oposiciones, partidos de todas las esquinas y, pese a la novedad, antisistemas- poderes legislativo y judicial, empresarios y los sindicatos y, por usurpación de funciones más allá de sus cometidos espirituales, a la Iglesia Católica y otras confesiones. Comentaba el asunto con un viejo amigo, otrora mando de la Benemérita que, con satisfacción, reseñaba una serie de operaciones de este cuerpo que acabaron en el rescate de cuadros de artistas tan cotizados como Salvador Dalí, Joaquín Sorolla, Gustavo Doré, Nicanor Piñole, Federico Madrazo y José Méndez, en una sola operación y por un valor cercano a los diez millones de euros.

Curiosamente, en ese rescate se incluyeron diecisiete libros de un escritor original, desaforado en la ficción y en la vida, patriota y crítico con los usos y vicios nacionales, José Cadalso y Vázquez de Andrade (1741-1782), un astro menor de la España Ilustrada al que profeso firme simpatía porque, de algún modo y entre otras ocupaciones, ayudó a mi sostenimiento en una residencia profesional en la Villa y Corte. Gaditano e hijo de un vasco que hizo fortuna en América y le procuró una esmerada educación en Europa, se hizo militar de profesión para escapar de apuros personales y materiales, y fue propenso a los amoríos, los duelos y los panfletos que tuvieron por víctimas a la nobleza y al populacho, a los que detestaba “por igual”. Cadalso fue, en suma, un literato raro, con más fama por las excentricidades y atribuciones que por las creaciones de probada autoría. Un colega, socio de una editorial marginal que trabajaba para curiosos, me propuso la corrección de pruebas de sus obras más conocidas, Noches lugúbres, publicadas en el Correo de Madrid, entre 1779 y 1780, una morbosa elucubración romántica de amores más allá de la muerte, con la amada rescatada del propio sepulcro para consumar el éxtasis pendiente, y Cartas marruecas, discurso didáctico en el que contrapuso los modos bárbaros de las tradiciones hispanas “con las razonables normas del despotismo ilustrado”. Guardo de la aventura rescatada, los dos ejemplares corregidos y, en una vieja carpeta, varios cuadernos en octava, sin plegar, de algunas cartas divulgadas en la prensa del Madrid ilustrado que, en los años gloriosos del rastro, se conseguían por cuatro perras.