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Juan de Juanes – Por Luis Ortega

   

Con buenos modos, un colega levantino de acrisolado patriotismo -y un blog serio y muy currado- cuestiona en la prensa escrita y en la Red las razones esgrimidas por los investigadores leoneses, encabezados por Margarita Torres, para establecer una discutible relación “entre el valioso Cáliz de la reina doña Urraca y el Santo Grial, nada menos”. Ese fue el tema de mi columna del pasado 20 de junio y, para él, el auténtico “es el que, primero en el museo catedralicio y, luego, en capilla propia, se venera en la Seo de Santa María”. El ejemplar valenciano tiene, según mi comunicante, mayor verosimilitud arqueológica, porque se trata de una piedra de calcedonia (7 centímetros de alto x 9,5 de diámetro), con una base elíptica del mismo mineral, adornada de una treintena de perlas, dos rubíes y dos esmeraldas y conserva a ambos lados dos asas. El prestigioso arqueólogo Antonio Beltrán lo fechó en el siglo I de nuestra Era y su llegada se produjo en el siglo III, durante el pontificado de Sixto II que, en medio de grandes convulsiones religiosas, lo envió a España con el diácono Lorenzo.

Estos hechos tienen refrendo histórico en documentos del barroco, una hagiografía de San Laurenciano escrita por Lorenzo Mateu y Sanz, “traducción de un manuscrito del siglo VI”, donde se narra que antes de su martirio entregó al legionario Precelio memorables reliquias, de forma que pudiera enviarlas a Hispania, entre ellas estaba la archirrenombrada copa en la que Cristo consagró su preciosa sangre la noche de la Última Cena. Otra “poderosa razón” que esgrime el defensor de la tesis valenciana es una espléndida prueba artística que, actualmente se conserva en el Museo del Prado, La Ultima Cena (1560), de Juan de Juanes (1475-1579), hijo de Vicente Macip y entre nuestros mejores maestros del Renacimiento que, en su monumental y exigente composición, incluyó el cáliz ya con su actual forma. Mi amable comunicante no le da ninguna importancia a la aparición de una urna egipcia en el tesoro de la Colegiata leonesa y no cuestiona el regalo, aunque si su autenticidad. Los fundamentos finales de su convicción se refieren a las últimas visitas papales y a una inteligente estrategia del Cabildo Catedralicio porque, tanto el expresivo Juan Pablo II como el más severo Benedicto XVI, oficiaron la eucaristía con el cáliz que, “sin discusión posible, fue la Copa del Jueves Santo”. Algún día les contaré parecidas pruebas de fe y entusiasmo de otros presuntos poseedores del Santo Grial que, con tanto denuedo, buscaron los caballeros de la Tabla Redonda y que con tanta pasión se disputan catedrales y templos de campanillas.