X
tribuna>

Lucha de silencios – Por Indra Kishinchand López

   

El día de su jubilación llegó mucho antes de lo esperado. Aún no había cumplido los 20 años, cuando se vio rodeado de flores blancas que le deseaban paz y tranquilidad. Sus eternas vacaciones comenzaron demasiado pronto si se tenía en cuenta que durarían toda la vida. No era capaz de comprender lo que aquello significaba; el tiempo y el espacio se transformaban en dos palabrejas sin sentido a las que ni siquiera podía ponerles rostro o nombre de mujer. Aquella práctica era habitual en su abundante pero corto historial; cada vocablo le inspiraba un seudónimo en el que veía reflejado su propio cuento. Entendía que cada ser humano debía realizar dicha tarea a lo largo de la existencia. Quizás de ese modo todos acabarían agotando la ignorancia. La faena que le había otorgado tanto reconocimiento y que ocupaba la mayor parte de su tiempo guardaba en su interior el misterio que la hacía realmente fascinante: su yo de carne y hueso y su yo de papel se fundían en uno cada vez que él encontraba el modo de designar una palabra con otra. Justo ese instante era único no solo por la belleza que esconden los acontecimientos inexplicables, sino porque era entonces cuando desaparecían los prejuicios. Aun así, y como es lógico en todas las historias, siempre había alguien que luchaba por silenciarle y que le repetía una y otra vez: “No grites, no se vaya a despertar alguna conciencia”.